EL ARTE Y LA BIENAL DE VENECIA.




LARA ALMARCEGUI Y PALOMA POLO... 

en LA BIENAL DE VENECIA.

El arte entreverado con las críticas de una bienal que prosigue su marcha. Muchos sospechan que esta filosofía, este formato, este modo de exhibición, es más lastre que acierto. Pero la Bienal de Venecia, ese hito mostrativo que combina el periclito pabellón nacional con la muestra oficial, sigue dando que hablar, es decir, da y hace realidad. Quién no quiere estar en la ola de la ciudad hundida. Quién no quiere ser polémica, debate, centro. Reconocimiento en fin. Bienal exhibidora de arte, de artistas, de curators, de críticos. Ciudad que se exhibe en el contraste de lo actual y lo pasado decadente. Preciso continente áureo en el que engarzar la joya del arte, teniendo en cuenta que el arte hoy es un problema y que la bienal también lo es.

En el PABELLÓN DE ESPAÑA, la artista Lara  Almarcegui. Obra: Materiales de construcción del Pabellón de España. Montañas de escombros que equivalen al material empleado en la construcción del Pabellón español que los contiene, edificio de 1922, obra de Javier Luque. En el fondo una cuestión matemática, de proporciones. Escombros dentro del mismo y en disposición aleatoria (en las disposiciones aleatorias de montoneras, casi siempre se acaba con la formación de montañas, mezcla de concentración y ley de la gravedad).

Una gran montaña en el espacio central y pequeñas montañas en los espacios laterales, como redes nucleares que se extendiesen sobre el plano, en el mapa, configurando la geografía, en el espacio en fin.
Pero la lógica no es matemática en puridad. Estos materiales proceden de una planta de vaciado de Venecia, lo que nos pone ante la excusa artística de “la urbe” y “el descampado”, asuntos en los que ya se había prodigado la autora aragonesa.
Instalación en el CAC Málaga. 2007

Filosofía del Caos, del amojonamiento: alteridad de la urbe legislada. Crítica de la cultura de montoneras que preside la historia de la civilización, porque la crítica no puede reducirse a la civilización occidental. Desde el neolítico la ciudad ha ido configurando el universo soterrado, el desierto o descampado en el entorno, la escombrera o vertedero. ¿Y no sería esta la condición que define al hombre depredador, a las hordas sociales del homo sapiens?
Hay ciertamente una conexión con “los subterráneos”, esa recogida de imágenes que Almarcegui persiguió en los profundos estratos de la ciudad de Madrid para el Centro de Arte 2 de Mayo, donde queda la arqueología profunda, el estrato, la historia de la urbe, pero también su dinámica interna, su visceral funcionamiento, su yo oculto, su extrañada entraña: el trazado paralelo de la ciudad.

Subterráneos. 2012
Pues bien, la montaña es el trazado paralelo del Pabellón de España. Y si el Pabellón resulta el albergue de la obra de arte, la obra de arte es el propio Pabellón, deconstruido (mejor concepto “reducido”), deglutido, asimilado, hecho crítica; puesto por supuesto en la historia de la civilización como un montón más de escombros. Piedras arrancadas a la tierra y puestas con la huella del ser humano al servicio del arte. Solo que esta huella tiene firma: Lara Almarcegui, a más gloria de Venecia.  
El comisariado ha corrido a cargo de Octavio Zaya, curator independiente, escritor y editor. Fue comisario de Documenta Kassel en 2002, y con anterioridad desempeñó similar función en la bienal de Johannesburgo.

En la SECCIÓN OFICIAL, en la que a poco más se olvidan del arte español contemporáneo, Paloma Polo. Obra: The Path of Totality. (2010). 79 imágenes que tienen por motivo las expediciones que las potencias occidentales realizaron a finales del siglo XIX y principios del XX a tierras exóticas, con el fin científico de recopilar datos mediante la observación de eclipses. La muestra de imágenes es más un análisis no exento de crítica de la expansión colonialista occidental.
En el aspecto más estético, estas imágenes rescatan también el carácter escultural y monumental de aquellos observatorios efímeros. Tomados como “arte efímero” hablan y muestran la relación de poder, de subyugación entre colonia e imperio. Ejercicio de apropiación y fuerza para la constitución de la ciencia y el progreso.

Sección oficial. Paloma Polo The path of totality
The path o totality en realidad fue el motivo de Posición aparente, que Paloma Polo presentó en el Museo Reina Sofía, en el proyecto expositivo titulado Fisuras, que abordaba el tema del conocimiento científico y del colonialismo europeo. Sin embargo, como señalaba en su presentación el propio museo: “posición aparente no pretende documentar ni informar, sino que parte más bien de una triple posición: la constatación de un hecho ya conocido, la consciencia de una falta de precisa documentación histórica y la intervención in situ que no desvela una alteración de la realidad, sino una forma de encuadrar nuevas relaciones con el propio entorno y la propia historia”.


El caso es que la obra de Paloma casa bien con las propuestas del comisariado de la bienal, presidido esta vez por Massimiliano Gioni, con el título de “El palacio enciclopédico”. Gioni ha elaborado un proyecto basado en las ideas futuristas que imperaron en los 50 sobre la posibilidad de almacenar el saber de la humanidad en un edificio o espacio singular, en este caso el museo imaginario del artista Marino Auriti.

Abajo: Proyecto de Marino Auriti.
Arriba: Massimiliano Gioni observa el proyecto Auriti.
Experiencias del arte como estas son ya antiguas. Válganos el extraordinario caso de Aby Warburg  y su brutal proyecto del Atlas Mnemosyne. Tremenda pretensión de encerrar toda la creatividad humana en un espacio, en un mastodóntico y útil atlas para los estudiosos de la cultura. Acaso terrible sueño, y monstruoso, que habla más del panteón de la cultura que de su libertad. Es aquí donde acaso casa también la obra de Almarcegui: todo continente de cultura puede reducirse a escombros. O bien, más seriamente, planteemos el hecho de que el arte sea, no solo una relación de poder o el resultado efímero del imperio (¿Bienal de Venecia?), sino  el escombro, como pretende la muestra del Pabellón español.
Ambos discursos artísticos, y la filosofía de la bienal, responden a las pretendidas visiones de los discursos posmodernos. Por eso aún se utiliza el argumentos del colonialismo y neocolonialismo cultural, el imperio de la civilización y el debate de la decosntrucción.

Bienal de Venecia o qué espera el ufano arte cuando se mira al espejo y ve monstruos. Reparto colonial en el que todos quieren estar. Pabellones efímeros. Loor de la ciencia y el arte, compendios del saber humano. Deconstrucción. Miseria. Venecia quiere ser el palacio enciclopédico. ¡Bravo Massimiliano! 

DALÍ: la rehabilitación del genio. Preparación a una exposición.



MISERIA Y GLORIA DE SALVADOR DALÍ.

La exposición que ahora muestra el Museo Reina Sofía en Madrid: Dalí … es una muestra evidente de otra lucha, la lucha que hace un tiempo iniciara la crítica entorno a las vicisitudes y método del arte contemporáneo, en un afán por definir la vanguardia, lo que marcha delante, lo que anuncia el futuro y, desde ahí, fundamentar qué es el arte, o al menos, qué es el arte contemporáneo, el arte nuevo, de vanguardia y el arte de posvanguardia.

Previo: Glorias del nuevo arte.

La irrupción de las vanguardias durante el siglo XX supuso, en efecto, la ruptura más radical con la idea de arte, al menos tal y como la había entendido el Renacimiento, o tal y como la había exaltado el Romanticismo. Pero en realidad se trataba de una ruptura, a la par que traumática bien es verdad, algo confusa y con no poco de hipocresía, pues el artista avant garde continuó amparándose bajo el paraguas del genio creador que doblega el mundo con el imperio de su norma. El único capacitado para dar una obra real en sí- esto es, absoluta aunque fuese de temporalidad efímera-, al margen de la naturaleza y de sus leyes, era el genio, el artista genial. Ahí el caso de Picasso, quien libera el arte del ejercicio de la mimesis.
Ortega acuñó el concepto de “deshumanización” para distinguir y distanciar de la tradición este nuevo proceder en arte. Una expresión que acaso sirva para reglar esas creaciones rupturistas anteriores al surrealismo, pero no para el caso del surrealismo ni para los movimientos con exceso de propensión expresiva. No era sólo la mimesis o la dependencia del arte de la visión de las cosas lo que estaba en juego, sino la inclusión, probablemente, del arte en la vida, en la vida vivida y "vivible". Y este incluirse el arte en la vida, es lo que ha dejado a Picasso en el segundo plano de la genialidad. Picasso pecó de esteticista y probablemente de deshumanizado.
En realidad, una disyuntiva se abría en el horizonte de la creatividad del siglo pasado. De un lado la pretensión de eliminar el sujeto creador, el artista dominador de la técnica o furibundo creador ex nihilo, de tal manera que la obra de arte fuese al fin liberada y redimida, adquiriendo plena autonomía ante el espectador. El arte se hacía así más artístico; en la idea de Ortega, más estético, menos natural y humano y, claro, también menos comprensible al profano y en consecuencia y paradójicamente también más alejado de la vida.
De otro lado la eliminación de la normatividad estética preestablecida, esto es, de los requisitos formales y constitutivos que se supone el objeto artístico ha de cumplir como tal. Con esto se desvanecían los límites entre los géneros y las artes (escultura, pintura, cine, danza, performance…). Esta revolución desmontaba los límites con que entender qué es una obra de arte y qué es arte. Ya el XIX había hecho bastante en este sentido, en efecto, había liberado el objeto estético de la abstrusa normatividad, se había sacudido la academia, solo que ahora el horizonte de la obra dependía del capricho del creador.
Corolario: necesidad del crítico.

Previo: Miseria del nuevo arte.

Así las cosas, la obra  de arte se hizo autónoma y esto dio aún más posibilidades al genio artístico. El arte era el producto preciso del antojo creativo, de la genialidad. El artista podría hacer ahora lo que quisiera y como quisiera, porque para eso era el creador, el innovador, y en definitiva el actor. Pollock en este sentido da el paso más allá de Picasso, e incluso de Duchamp. No es sólo que el artista empezase a reflexionar sobre cuál era su cometido en el mundo, o el cometido de la obra artística, es que confiaba nada más en su acción, y no ya tanto en su obra; y esto sí que es revolucionario. Y de esta manera, acaso el ego artístico se ha sublimado y volvemos a respirar las cenizas del romanticismo.
Tal actitud es la que la crítica ha corroborado, si no inventado.



Un inciso o reflexión.

A lo mejor es esta una de las causas que explica el triunfo de público de las exposiciones sobre impresionismo y postimpresionismo en los últimos años. Hay en cierto modo, en el novísimo arte, carencia de plasticidad, de esa plasticidad que la crítica consideró antinormativa y antiacadémica por excelencia, que es lo que demanda el público “no entendido”, siempre desplazado de la novedad, siempre mirando atrás, visitante de museo, añorante de glorias. ¿Estamos ante una huida, una finta precisa del arte para caer en los brazos de esa action painting de Pollock, por caso,  o de su manifestación radical en las estridentes acciones de Marina Abramovic?

Marina Abramovic ... ¿parafraseando a Dalí?
Dalí a propósito.

Se trata ahora de incardinar Dalí, de nuevo, en el nuevo debate del arte contemporáneo, es decir, en esta sufrida disyunción plástica-conceptual, de espacio-tiempo, de consolidación-acción, o de constitución-expresión; o de pasado y presente, tradición y vanguardia, clásicos y modernos … vamos, entre la vía Picasso y la vía Duchamp-Pollock.
La creación de los últimos tiempos, tiempos en los que, para colmo, Marina Abramovic es ya reconocida como un clásico del arte, exaltar al Dalí de la acción, al Dalí provocativo y convulsamente conceptual, es, desde el punto de vista de la crítica establecida, de una sensatez aplastante. Luego, por si acaso, está el Dalí plástico, ese que se bebió cuanto de formalismo pudieron fabricar las vanguardias, el que trajo de nuevo a Rafael e impuso en cierto modo una nueva academia … eso sí, ante todo el surrealismo, esto es, el ir más allá de la realidad, la realidad más real o “sobrerreal” que es la que escapa a la razón, aunque no a la inteligencia preclara de un artista como Salvador Dalí, (o a la de cualquier otro genio freudiano).
¿Es que al fin se ha percatado el artista de que su arte es recrecer la realidad? ¿Qué todo arte es, en el sentido zubiriano una “dar de sí” la realidad? Ambiguo proceso, porque es la realidad la que da de sí.

Aparte de la risa que producía en nuestro nuevo genio el automatismo como procedimiento artístico aplicado a la plástica, razón por la que podemos ver en él la disconformidad con el círculo de Breton, lo que sí es cierto es que todo el arte de Dalí se sitúa en el ámbito de lo vedado, y esto es ya una provocación, una provocación al sentido común, porque el sentido del común veta las cosas que le son refractarias. Y precisamente poner lo vetado al descubierto en tono lírico, eso, eso es Dalí.
Si el automatismo produce risa … es que ya sólo nos queda la acción, la intuición, la prestidigitación en la realidad. Eso sí, con rúbrica, porque de lo contrario, el arte muere, pues muere el artista.
Dalí subraya su nombre, su ego, pone en oro sus letras D-a-l-í, cuando le grita a la sociedad sus inmundicias o lo que ésta considera equívocamente como tales, al mismo tiempo que las propias del genio creador –que son en cierto modo las mismas-. Y es que el común, el mortal, está dispuesto a pagar por las inmundicias del creador y por las suyas si son firmadas.
No se puede entender el arte de Dalí, de la acción, sin el común, esto es, sin el hombre desnaturalizado, sin el hombre social, el hombre dormido … acaso excelente prejuicio con el que el artista puede trabajar con más libertad y a su antojo, partiendo del hecho de que su iniciativa será en cierto modo genial, crítica, desveladora, es decir, no común. El artista está al margen del hombre desnaturalizado, es Prometeo y el primer héroe de la luz, el que logró escapar de la caverna platónica. Lo que nos lleva de nuevo a una de las tesis de la deshumanización: el arte nuevo es fundamentalmente elitista.
Decir que el artista vive de la provocación, que provocar es su oxígeno, tiene un sentido radical, es la norma del arte que quiere sobrevivirse, o mejor, del artista, que desea sobrevivirse y, evidentemente, del artista que solo cree en su acción, esto es, en su norma sabiendo que está absuelto de cumplirla.

Otro inciso: La mierda de artista.

El juego lúgubre. Obra que hizo par con El gran masturbador.

Vender la propia mierda enlatada, hacer del vientre una fábrica de arte, tener en el wáter el estudio y hallar allí el locus amoenus de la inspiración, es nada más la expresión radical de algo que Dalí explotó rigurosamente. ¿Quién sino inventó la meditación intestinal al amparo del método paranoico crítico? Piero Manzoni añadió acaso el tono de humor, ese humor italiano no exento de gratuidad. Pero hay algo que huele y huele mal en el arte último, ya sea El juego lúgubre o los putrefactos, ya sean las latas de Manzoni, o los experimentos idos de la mano de Damien Hirst, otra suerte de conservas, por mucho formaldehido que gaste.
La conserva es un concepto y una provocación. Un objeto artístico. ¿No es la firme pretensión de evitar que muera al fin o de que sea definitivamente libre?
 
Piero Manzoni en el estudio.

Dalí de nuevo: Dalí encrestado.

Dalí es devuelto por la crítica a la cresta de la ola contemporánea. “Avida dollars” ser entregado al mercado, mercachifle de la creación, pintor de notoria habilidad para representar la realidad y formulador del método paranoico-crítico. Dalí habría caído en la mediocridad, sobre todo si se lo viera desde la perspectiva del esteticismo. Pero claro, la perspectiva ha cambiado y la formalidad no es ya la dominante. El Pompidou, el Reina Sofía lo amparan y rehabilitan, demuestran al paso, que las exposiciones relevantes –o que pretenden serlo- están dominadas más que por el curator o el galerista, por el crítico, y que la crítica se mete a revisora de la historia, de la historia del arte se entiende, para tomar los museos, los museos más señalados que, a día de hoy y después de todo, siguen siendo el referente de cuanto deseé consolidarse. Es decir, sus ideas expositivas, las nuevas ideas que son nuevas perspectivas sobre el hecho artístico. Las exposiciones son hipótesis de trabajo e hipótesis ad hoc. ¿El artista, a fin de cuentas, la excusa?
Así que el arte de Dalí acaba por convertirse en sus experiencias, en sus acciones. Dalí y su arte son inseparables, inextricables, indiscernibles. Aunque requieran de los medios, y a pesar de que requieren de los medios, porque dado el caso, ¿quién sería entonces Dalí? Más que nunca, para ser noticia, para estar en el medio, el artista tiene que ser contrario al común, tiene que ser élite perversa. Las élites perversas firman con ocurrencias, y las ocurrencias son más que nada acciones. Así es que la firma de Dalí necesita de los medios; a fin de cuentas, los mejores registradores de la acción. Y esto es lo curioso, los medios también necesitan de la firma reconocida de Dalí. Y quien dice medios dice espacios, grandes almacenes, y museos, y programas de televisión, y películas, y ciudades, y naciones, y revistas, y críticos …
Entonces es cuando el artista se convierte en mito, o transmuta en mito. Y entonces es cuando el común tiene derecho de reducir el surrealismo a ocurrencia, incongruencia, estridencia.

Warhol loves Dalí. Fotografía de Cristóbal Makos. 1978. El transgresor beso de la transmisión.

Otro inciso: ¡qué viejo es todo!

Qué viejo es todo, sí. Viejo es el discurso sobre la narratividad, en fin, la acción, en oposición a la espacialidad, esto es, la estética. Rancio como el Ut pictura poesis mismo, con la ranciedad de los tratamientos solventes del tema hechos por G.E. Lessing, ese tremendo ilustrado, en su Laoköon. Laocoonte, la vieja escultura alejandrina como paradigma de la problemática acción-contemplación. El viejo clasicista luchando contra la imitación de la poesía por el arte plástico. La escultura en sus retorcimientos extremos a la búsqueda de un decir, un contar historias como acciones del mármol en el espacio, con la sola pretensión, monstruosa, ciertamente monstruosa, de narrar, de otorgar las sensaciones de la intelectualidad activa. Marina Abramovic pues desvaneciendo los límites entre las artes, las acciones, performances, discursos … pura poesis. O la estética, la clásica actitud que busca la quietud contemplativa del espectador, la “objetualidad” del arte, o el paradigma Picasso, pictura.
Viejo como el debate de la plástica contra el concepto, de la forma contra el contenido, de las acusaciones de pintar con brocha que sufrieron pintores como Tizziano, de la elisión del dibujo por parte de los barrocos, de las animadversiones del Greco contra la pintura de Miguel Ángel. De la liberación de los románticos contra la academia ¿La forma o el color? Debate viejo sin duda que trae los aromas del Vasari en los inicios del arte moderno.
Viejo, como el debate de la construcción a base de elementos sumativos o de la unidad espacio sentimental de la obra. ¿Partes? ¿Conjunto? ¿Construcciones o expresiones unitarias? “Subjetualidad” u “objetualidad”. Sacar de sí el autor el adentro para llevarlo al cuadro o constituir un cuadro, una escultura, una película, una fotografía, un video, una performance en sí y por sí … ¿Leer la biografía del artista u olvidar al artista en la forma pura? Y en fin, tradición y vanguardia, clásicos o salvajes en el sentido que le diera Valeriano Bozal. Viejo, todo muy viejo.
Como vieja es la idea del genio. La idea del artista que fluye y extra verte. La idea del artista que hace de sí, sueño romántico y del romanticismo, su propia obra de arte. En este debate, el debate del artista genial, hemos de reconocer que Dalí también es viejo, muy viejo.

Recepción en la Academia francesa.

Genialidades del genio.

He aquí que con Dalí se rehabilita el genio, o la teoría del genio. Pero nada tiene que ver el genio de estos tiempos dalinianos con el genio del romanticismo. A este le bastaba con Dios, el nuevo necesita de la masa … Y lo que conlleva.
Construir un personaje. Base de la idea ética de la personalidad. Existencia. Cada cual es escultor de su vida. Dalí esculpe su vida de genio. Hace de su vida genio. Labra su genialidad. Dalí es la obra de arte al tiempo que el artista que la metamorfosea, en esa extraña mixtura a veces de Rey Sol y Michel Jackson.
Desbordarse en la sociedad mediática. El artista mediático, el automarketing como necesidad creativa. El genio necesita de la vida pública que es su corte, y de la acción privada que es su razón de ser.
Entregarse a la novedad, la mascarada, lo imprevisible: el arte por el arte elevado al criterio del capricho.
Configurar la autobiografía y el autorretrato. Conformar así el mito Dalí. Ser mito desde niño y confesar haber sido amamantado por la cabra Altea. Y haber sido expulsado del Paraíso burgués, exilio auto obligado por su padre, por la escuela de bellas artes, entre los amigos creadores, del grupo surrealista.
Hacerse del surrealismo un anillo para el dedo genial. Ámbito en que poder ser para finalmente afirmar en cierto modo ego sum surrealismus mundi. El auto espacio y la auto realidad. El método paranoico crítico como defensa de la pulsión, o del porque a mí me da la gana o lo que me viene en gana, siendo yo y la gana lo mismo, en fin, mejor voluntad de poder, héroe nietzschiano que pone al fin de acuerdo el arte con el artista, es decir la pulsión y el sujeto de la pulsión, experiencia de la máxima libertad.
En este sentido, Dalí es sólo –en mi modesto entender- el último de los modernos y la quimera de la posmodernidad, usado fraudulentamente por la crítica. En efecto, un fenómeno de masas.

Colas en la exposición del REINA SOFÍA.

CRÍTICA DE ARTE



ENTRE LAS TESIS DE ROSA OLIVARES Y VIVIANNE LORÍA.


            ¿Cabría la posibilidad de un código deontológico que marque las directrices de una buena crítica de arte? Esta es la cuestión de la que parte Rosa Olivares (Crítica de arte: entre la ignorancia y la ética y colaboradora habitual de Babelia) a propósito de las propuestas de alguna corriente crítica en las citas anuales de ARCO. Tal corriente, al parecer, propone el juicio libre e independiente, la argumentación seria y científica, la honestidad, el apoyo a lo emergente y la camaradería entre críticos, como normas esenciales del supuesto código. A todo ello es reticente la autora. En efecto, porque ¿cómo hacerse con el criterio independiente en un contexto mediado, reconocido y cuya severa crítica negativa acabaría en la marginalidad del juicio crítico? ¿Cómo compartir entre colegas unos mismos horizontes o presupuestos cuando el propio contexto exige la competencia casi siempre desleal?
¿No será que Rosa Olivares escribe en medios, que tiene compañeros, que es crítica reconocida y que debe comportarse como tal?
Es normal que la autora concluya que “ … no hay nunca crítica seria …” que la crítica está mediada, matizada, absorbida por el contexto, que es parte de la nave de locos del arte y que no queda más remedio que compartir dicha nave si lo que uno quiere es navegar.
Por lo mismo, resulta imposible impedir que exista una crítica no-seria.
            Así las cosas, a la crítica de arte le queda un ámbito de actuación que oscila entre la crítica ética, esto es, la serena crítica científica, honesta, comunicativa e independiente, y la crítica ignorante y zafia, acientífica, deshonesta, interesada y sofística. Los dos extremos se excluyen del proceso crítico, marginan su propio procedimiento.
La crítica de arte Rosa Olivares

La Crítica ética por su carácter excluyente, pues las verdades se toman como ofensas más que contribución al enriquecimiento. Porque imaginar una crítica puramente desinteresada y de puro honesta, en extremo comunicativa y científica, es poco menos que imposible. Acaso porque la ciencia crítica y los apoyos en que se fundamenta nunca estarán claros, son difusos y variados y tienen a su vez su propio contexto de difusos límites. Porque la pura honestidad no puede suponerse en el animal político, siempre apasionado. Porque, en fin, la comunicación también depende de la capacidad receptiva, asunto que es, a todas luces incontrolable para el mismo crítico, que, además, es una más de las perspectivas, por muy rica y conocedora que sea.
La Crítica zafia por pobre, por auto excluyente, por carencia de realidad, por sectaria y apartada. Suponemos que será el tiempo el que acaba por demolerla. Pero cuántas crítica hechas con buen criterio no habrá demolido también el tiempo. Parece pues que el carácter de la crítica es mas bien efímero.

          Bien, concedamos  que la buena crítica es posible, que existe pues un código deontológico por el que reconducirla,  o que este puede constituirse, o que es aquel al que todo crítico debe aspirar. Que existen unos espacios abiertos para ella y para desarrollarla, en cuyo caso habremos de pensar que esta es la línea real de su labor, y que esta línea real se abre en contraposición a otras corrientes heterodoxas y poco representativas. Ahora bien, debemos tener presente que esta crítica que tiene la tentación de denominarse científica, no puede ser absoluta, entre otras cosas porque su objeto, que es la obra de arte, no participa de un conjunto de relaciones acotado y determinado. Así es, la labor del crítico de arte permanece siempre abierta, centrífuga, en busca de toda suerte de interrelaciones.
Es lo que afirma Vivianne Loría, alma mater de la labor crítica de la revista Lápiz, cuando justifica la imposibilidad que tiene el crítico de ajustarse en exclusivo a una mera reflexión sobre el arte.
El exceso de celo, en efecto,  puede quedar en una abstracción alejada de la realidad, hierática, artificiosa, puede angostar por lo tanto las interrelaciones mismas de la obra de arte con el contexto que la enriquece y explicita. Como la obra de arte,  también la crítica está obligada a abrirse a esa plural influencia. No hay, no puede haber por lo tanto un método de estudio o de análisis. La obra exige un enfoque plural de perspectivas a partir cual enriquecerse.


A esto habríamos de añadir que la crítica es de por sí dialógica, requiere del diálogo, de la contraposición, del debate, que, en fin, está sometida a la “autoconstitución”, y en este sentido es como si tuviese que alejarse del juicio determinante y censurador. Es decir, la vulgarización de los presupuestos filosóficos y teóricos de alguna parte y de algunos medios de la actual crítica de arte, tal cual justifica Loría, queda descubierta a consecuencia de esta dialógica, de este debate, de este contraste, que es también oponible a una monológica cientificidad, a la que ya de por sí parece preocuparle muy poco las sensibilidades otras.
           
Por lo mismo, podríamos decir con Rosa Olivares que eso de la buena crítica es una utopía, que a lo sumo será una crítica posible, mediada, que comparte la nave de los locos, y que en su caso será ya circunstancial e interesada. Pero ello no supone una renuncia, como muy bien defiende ella misma,  a la buena labor; simplemente resultaría  un compartir el espacio con otras que se lo disputan y cuyas aspiraciones son diferentes, alejadas del rigor histórico, estético o cientificista, que pueden ser poco honestas o asumidas desde el desconocimiento o desde una libertad coartada. Tales elementos resultan inevitables, como son inevitables cuando se hace historia o filosofía. Es que es inevitable bracear en la propia circunstancia.

            En fin, que cualquier posible definición de “crítica de arte” se difumina. No es posible, al parecer, limitar el trabajo del crítico a la reflexión sobre el arte. Y no obstante es este su más ferviente deseo. “Los juicios o análisis del crítico –dice Vivianne Loría (El crítico en su laberinto)- se ven influenciados … por las peculiaridades de su formación, por el papel … según la época …” En este sentido la crítica nunca está sola, flotando en el empíreo de las ideas sobre arte y creación. Cada crítico, por ser hombre de un contexto, de una época, de un arte que precisa de unos canales e inquietudes, que es presa de modas y modos socioeconómicos, trabaja para un tiempo, trabaja para un contexto y es parte y forma parte de las fealdades y limitaciones de ese contexto y de esa época.

Así, La Primera Crítica, la que denomina la autora “época dorada”, vivía del incendio panfletario y de la defensa de la modernidad de las corrientes artísticas. Los años 70 y 80 pusieron al crítico en el espacio de la moderación, solapando a veces con el papel de Curator. Los años 90 hicieron del crítico poco menos que comisario de exposiciones. Las circunstancias engulleron pues la que supuestamente debería ser aséptica recreación de la crítica, la “mera reflexión sobre el arte”, el supuesto imposible.
Hoy ocurre que el crítico interfiere, molesta en las actuaciones del comisario. Por lo mismo su situación es incómoda: no desea afectar al galerista, ni quiere alejarse del gremio o círculo artístico, ni ofender al director de museo o al artista, ni contradecir al colega, ni al político. El resultado es la prostitución de ese empíreo e ideal crítico que por circunstancias está condenado a permanecer indefinido: “… los intereses del crítico contaminan y amenazan la práctica discursiva de la crítica de arte actual, vulgarizando sus presupuestos filosóficos y teóricos…”
Resulta curioso entonces que, después de afirmar la fugacidad de la labor crítica, su indefinición sometida al contexto y las circunstancias, se resalte que el papel esencial del crítico consista en una labor no mediatizada, esto es, en los “presupuestos teóricos y filosóficos” que son ahora el soporte deontológico de la buena crítica, como si los tales presupuestos no estuviesen mediatizados y mediados por la circunstancia.
           
          A lo mejor no es que el crítico esté encerrado en su laberinto y fuese Teseo que tira del hilo, a lo mejor es que el crítico es crítico con su laberinto y no hay vuelta de hoja, que lo lleva como una mochila impositiva al costillar, y en fin, que el problema no es despojarse de ese macuto tanto como saber portarlo, llevarlo y dirigirlo.

Hay algo que se debe exigir a todo proceso crítico -por lo que se desprende de la comparación de ambas críticas, la perspectiva de Loría y la de Olivares- a saber, que toda crítica ha de tener un “ajustamiento” mínimo a la obra que la motiva, y este ajustarse exige un conocimiento sentido. A partir de este ajustamiento, y desde él, hemos de suponer que puede constituirse un código deontológico que tomando la obra en su presencia radical se enriquezca en plurales hermenéuticas, afines o no. 
Dejemos pues en las manos del crítico la elaboración de un posible código deontológico, porque sólo su crítica, la naturaleza de su crítica, podrá justificarlo. No hay mejor código que la elaboración de una buena crítica.