ANTONIO GARCÍA DE DIONISIO Y LA ESPERA




TOTALIDAD DE LA ESPERA.
de
Antonio García de Dionisio.



I. El sentido filosófico de la Poesía de Antonio García de Dionisio.

a) Latencia.
Hay en toda la poesía de Antonio García de Dionisio, en toda su palabra, una dimensión filosófica, me atrevería a decir que metafísica, buscadora, cuando no portadora, de lo profundo, esto es, de lo latente. Por eso su poesía, y en especial Totalidad de la Espera, como sus casi parejas Espacios vacíos y Poemas para una voz sin nombre, son poemas de lo latente, de lo profundo, guardan una oscuridad recóndita que el lector tiene que atreverse a paladear, en la que hay que aprender a sumergirse. Aprenderse y atreverse, diría, descorazonando de cerca la espera, tentando los espacios, haciendo suyos los poemas de la voz sin nombre. En los que descorazonar de cerca, tentar y hacer propios los poemas, es hallar la patencia de la poesía.
Pero no es suficiente con esto. Ya los títulos dicen mucho, orientan, alfombran el umbral de la latencia, de lo latente, de lo que está sin estar del todo: “totalidad de la espera”, “espacios vacíos”, “poemas para una voz sin nombre”, no son sino invitaciones a una búsqueda irrefrenable, búsqueda en dirección a lo hondo, a lo imposible, esto es, a lo no patente.


b) La conclusión incisiva.
Podríamos decir que nos encontramos ante una poesía del sentido sentido, una direccionalidad inteligente, porque acaso duplicamos la palabra sentido, de un lado, siguiendo la dirección de la inteligencia lógica que ubica los pensamientos y las cosas de que se piensa en el mundo. De otro lado un sentido del sentir, forma impersonal del participio, que lo es de la sensibilidad, por la que las cosas del mundo, y el mundo mismo, quedan adheridas a la piel del poeta, del poema y del lector sentiente.
De ahí que muchos de los poemas de García de Dionisio tengan el desenlace de los aforismos, rebañen en el cuenco de la poesía sentimental las migajas de la filosofía racional, se comporten como la conclusión inexcusable e irreverente de la conclusión de un silogismo, pero en el mundo del sentimiento.


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II. Latencia y Conclusiones de Totalidad de la Espera.


1. Espera.

Hay, tiene que haber en la espera una absoluta confianza, con-fianza, un fiarse con un fiarse de, es decir, una fe, una especie de fe. La fe de quien confía en el futuro, en el mañana, en el sino al que en cierto modo se encuentra arrojado y que le hace esperar. Porque la espera tiene puesto todo su ser en lo que ha de venir, en lo que viene que es a fin de cuentas su sentido.
Hay un vínculo inextricable entre lo que es la espera y la esperanza. Por lo mismo, el desconfiar, el no fiarse, la pérdida de fe, lleva de la mano a la desesperación, que es la emoción que toma el pulso a quien desespera.
Pero, igual que hay un contrario para la esperanza, la desesperanza, no hay un contrario para la espera, no hay un “la desespera”, sustantivo inexistente pues carece de sentido, de fe, de esperanza y por lo tanto de posibilidad.
Ahora bien, de esa espera, no nos habla el poeta íntegramente, nos habla de su totalidad, “totalidad de la espera” –de ahí el desprendimiento del artículo en el título, la ausencia de determinante en el sintagma-, así como si la totalidad fuese su naturaleza ínsita, la espera un todo, como un cosmos, como un orbe en el que el poeta mismo se halla inmerso y por supuesto perdido. Por eso es “poetizable” la espera, un todo dentro del cual no cabe, y por lo tanto no puede existir, “la desespera”.
Es, pues, como si todo fuese, a fin de cuentas, espera y nada pudiese existir fuera de sus límites, remedo insoluble de la triste esfera de Parménides.

2. Totalidad y parcialidad de la espera.

Y no obstante, dentro de su totalidad, la espera muestra rostros diferentes, plural naturaleza. Es un asomo de su carácter parcial, de su parcialidad, parcialidad de la espera porque no hay en realidad espera, sino esperas, plurales partes de la espera misma, las caretas con las que se asoma a la vida.
¿Y qué partes son estas? ¿De qué están hechas? ¿Cuál es su materia? ¿No son sus pluralidades ejemplos de una esperanza partida y rota?

A.
Totalidad y Muerte es el título que abre al primer bloque de este poemario. La totalidad se asume a la muerte, “totalidad de la espera” es pues la recompensa final de todos los mañanas y futuros posibles: la muerte. Nos lo dice Pasos, poema con el que, llamada inmaterial y tremenda, se inicia el poemario:

Los pasos son preguntas
rostros que nada dicen
inamovibles logros que nos atan
al dolor
(…)
Los pasos
no nos dejan llegar
más allá de la muerte.

Los pasos no son sino las parcialidades de la vida, esas parcialidades que pretenden, esperanzadas, oponerse a la totalidad franca y terrible. En ese panorama, las parcialidades, son los distintos rostros que toma la muerte, las caretas tras de las que se camufla y quiere pasar desapercibida. Y así es, como se nos dice en el poema Hora; que en cierto modo, la espera es


… lo que esperan
los hombres conseguir…

y que hace absurda la realidad de la tristeza. (Tristeza).

O como descorazonadoramente se dice en Madre:

Quizá la madre sea
la que espera más hondo
cruzar entre los miedos

nadie como ella sabe del dolor
del misterio escondido que nombra lo que somos
ese buscar sin ver lo que la vida guarda
detrás de los silencios.

Es la madre intuición de la letal esperanza que se equipara a la muerte, sospecha del mundo, de la vida, sorteado de inexistencias, de todo, en sus inexplicables y enigmáticos silencios. Vacíos de la vida en los que no hay mayor esperanza que la de la madre misma, puestos sus ojos en el horizonte de aquello a que dio el ser, una esperanza rebelde, sin duda, al final fatal que ella misma sabe,

misterio escondido que nombra lo que somos.

Y la esperanza, por qué no, es también huida. En Huida (poema de este Totalidad y Muerte) nos dice el poeta que

Ha escondido la luz
(…)
la esquina disonante de la espera
(…)
Para concluir:

la luz nos distorsiona
el ángulo perfecto de la huida.

La luz, esa luz que puede ser la iluminación, el saber, la racionalidad, distorsiona y oculta el vértice oscuro tras el que se oculta la totalidad, la espera misma ¿Qué es entonces esta luz, sino la antimetáfora de la tradición poética, que nos vuelca sobre la desolación de la espera? La luz es el sinsentido, la clarificación del sinsentido de la espera, el velamiento de su condición trágica, del destino final, la que oculta lo disonante de la espera que sería verdadera angustia y pura desesperación, la luz es la distorsionadora del ángulo perfecto de la huida, un opiáceo nada más. Porque si la luz platónica ha sido siempre la desveladora de la verdad, no hay más verdad que el final de los pasos, la huída, lo que la madre sabe e intuye, la muerte.

Y así concluye esta primera parte del poemario, con los versos de “Espera”. En que esta se ofrece como una clausura y fin, como el presagio y desvelamiento de su totalidad:

(…)
El rito de la espera clausurando
Los miedos invencibles
(…)
Totalidad y muerte
Espera decisiva entre agostos sin sueño


B.
El segundo de los bloques del poemario aparece bajo el epígrafe Cuando el amor se cruza. Como si en la espera de la muerte, que es la totalidad, hubiese al fin una esperanza. Mas ¡ay! Es una esperanza que se cruza. En ese fluir de los relojes, del tiempo -metáfora archipresente en la poética de Antonio- el amor muestra su naturaleza tangente, y si bien eterna, incompatible con los relojes y sus esencias. El amor se cruza en la vida como una tormenta, como una pasión. Pero su carácter tangencial ni mucho menos salva del preciso destino, si acaso le da un toque de divinidad, de belleza, de haber merecido la pena el haber sido vivido.
En el poema VII, dice el poeta

La espera es un dolor interminable
que el tiempo no comprende
(…)
un proyecto sin luz que nos violenta
el ritmo de las cosas

ese desnudo amor que no queremos
permitir que nos hable.

La espera es un proyecto sin luz, (porque luz y espera son incompatibles) un amor desnudo al que no dejamos decir palabra porque nos transportaría al mañana, al futuro, al no-hoy, es decir, a la imposibilidad de amar. Ese mañana –y he aquí que aparece de nuevo la antimetáfora- está iluminado por la luz que es “la nada necesaria”, tal cual se dice en el Poema II. La luz, esa luz no hace sino iluminar

Todo lo que soñamos cuando el sueño
renombra los futuros entre signos
que el ayer desmorona

El tiempo siembra las ruinas de la desesperanza. Un campo de pasados se abre ante nuestra espera, en el que hemos sembrado, precisamente eso, ruina. De ahí que sea el amor el presente presente, la cierta evidencia, el otro lado de la espera con su monstruosa totalidad; el amor, que al cruzarse, abre un cabo de sentido en el sinsentido. Y así puede decir el poeta, dichoso de haberle sido revelado este sentido:


Me dijiste “amor te espero aquí”. (IV)

Y ese “aquí” que es el aquí presente, retumba como un hecho flagrante, el hecho del presente, un presente casi eterno. Ese esperar aquí es la única esperanza real, la verdadera, una esperanza que no se funda en futuros.
Y esta es la gran paradoja, que es la espera-esperanza que no debe callar.
Pero con todos sus goces, pese a su eterno aquí, el amor no acaba sino por ser fanal de vida, y entonces se revela la esencia lumínica que deforma, que oculta la gran verdad, porque calla, el amor calla, lo hacemos callar en la esperanza vana de que no pase.
De ahí la disidencia.

C.
Disidencia y espera es la tercera parte de Totalidad de la Espera.

En el amor, concluíamos, silenciamos que todo es espera. Aunque el poeta lo sabe, lo desnuda y lo dice. Bien nos gustaría sospechar que el amor es de otra naturaleza, de la naturaleza de lo eterno que no pasa, de cuanto no pertenece a la familia del tiempo, que él y el transcurrir resultan incompatibles; nos quedaríamos entonces arropados bajo sus abrazos, y esto no es posible. Sería espera: otro de los rostros de esa ufana totalidad. Al poeta no le queda sino disentir, tomar el “contracamino” y anunciar en Esclavos sin precio que

El tiempo es como un miedo que nos tiene atrapados
nos mide y nos transforma en esclavos sin precio
forjadores del sueño que nos falta
intentamos librarnos del mito que creamos

Intentamos tal vez librarnos del mito haciéndolo eterno, como ocurre con el amor. Todo, en el acontecer, se convierte en una terquedad infructuosa, en una descorazonadora recreación de mitos, de sueños imposibles condenados a ruina: humo y sueño son las cosas que el ser humano proyecta, siente y desea. Pero el hombre es terco, su naturaleza es la terquedad. Y Terquedad es poema confesión en el que García de Dionisio se desviste de esa humanidad, se hace consciente de la fatuidad de todos los proyectos; allí dice

Escribo mientras sueño lo que escribo
(…)
giro las manecillas del reloj
contrarias a la hora

me reduzco a poema
y soy la terquedad que se resguarda
del hombre que la piensa

Reducirse pues a poema, persistir en el poema, desvestirse de la humanidad, resguardarse de ella y retar al tiempo en forma de poesía, terquedad infructuosa en que el poeta quisiera quedar eterno, inmóvil, infranqueable a la totalidad … pero es necedad:

Ante la necedad quede la prueba
del rostro y la paciencia del que espera
cansadamente solo

La necia espera de la nada. ¡A qué triste sino nos condena el poeta! Claro que con él nos hacemos verso, necio verso, irónica vivencia del destino en que la totalidad nos retiene atrapados. De los últimos versos de este libro, mana esta humana tragicomedia desvelada cuando dicen, (Tras la puerta cerrada):

Detrás queda la muerte con sus ritos sagrados
haciendo de la vida una parodia
sensual y atractiva
Algo que nos demora
el rostro incognoscible tras la puerta cerrada.

Frente a esa puerta estamos.


EPÍLOGO.

Totalidad de la espera subsume la tradición literaria del tempus fugit; de la meditatio mortis, del in hac lachrymorum valle. Los trae al mundo de la vida, sin hacer partícipe directa a la muerte de la aventura de su poesía. Sin querer darle tampoco signos de protagonismo. La muerte no es protagonista, sino que está latente. Esta es la radicación de su originalidad, una originalidad acaso muy en sintonía con la poesía de Angel Crespo con quien coincide además en otra constante, la perplejidad que siente el poeta ante la luz, el miedo a su naturaleza “desvelante”, a su tradición divina, a su sentido eterno, que aquí se muestran rotundamente travestidos.
De todas formas, espera y luz quedan subsumidas en la gran vertiente del río creativo de García de Dionisio: el tiempo, y en esa tarea que es el discurrir, nos deja, casi abierta, la puerta que creemos que estará siempre cerrada.

¿CRISIS? Las tesis de Jeffry A. Frieden.


CRISIS, GLOBALIZACIÓN Y ECONOMÍA. Un tiempo a dos aguas.
Para empezar.
Estas son las últimas líneas de la “Conclusión” que Jeffry A. Frieden, especialista en Relaciones políticas internacionales y economía financiera, da a su libro Capitalismo Global. El trasfondo económico de la historia del siglo XX:
“La historia de la economía mundial moderna ilustra dos cuestiones: primera, las economías funcionan mejor cuando están abiertas al mundo. Segunda, las economías abiertas funcionan mejor cuando sus gobiernos atienden a las fuentes de insatisfacción con el capitalismo global.
El reto del capitalismo global en el siglo XXI es combinar la integración internacional con un gobierno políticamente receptivo y socialmente responsable. Los ideólogos actuales con muchos galones –ya sea pro o antiglobalización, progresistas o conservadores-, arguyen que esa combinación es imposible o indeseable; pero la teoría y la historia indican que es posible que la globalización coexista con políticas comprometidas con el progreso social, y corresponde a los gobiernos y a los pueblos poner en práctica lo posible”.
Esta es, pues, la lección de la Historia económica del siglo pasado, según Frieden, de la que de forma inevitable somos herederos. Y no simplemente herederos, porque su componente bipolar, ese su mirar bifronte, hace responsable al siglo XXI de la sintonización o de la superación de una aparente contradicción. En efecto, la lección parece ser la siguiente: de un lado, que hay que tener en cuenta las teorías macroeconómicas, especialmente las globalizadoras, trasunto imparable este en la marcha de la economía mundial. De otro lado, que se hace necesario atender en cierto modo a las demandas sociales y a ciertas críticas “antisistema”, como perspectivas correctoras de los abusos del capitalismo.

Sinopsis de la Historia económica del siglo pasado.
La historia del siglo XX es, al parecer, suficiente aleccionadora en este sentido. La globalización, consecuencia de la postindustrialización, o de las revoluciones industriales, puso sobre el tapete del diseño político el liberalismo más radical del “dejar hacer, dejar pasar”. Los gobiernos de los países desarrollados se echaron en manos del “Patrón oro” y se abrieron al mundo en una frenética carrera por la conquista del goloso comercio internacional. Pero este capitalismo no sirvió sino para estimular intereses particulares y afrontar el colonialismo como otra carrera más. Los beneficiarios fueron pocos, los roces y conflictos muchos. Además, partidos socialistas, sindicatos, por no olvidar los perjudicados agricultores norteamericanos o los industriales ingleses que veían volar el capital inglés al extranjero, tampoco consideraban con buenos ojos estos usos globalizadores y su patrón monetario.
El ajuste de las monedas al patrón oro, impedía cualquier manipulación monetaria para vadear las crisis, los valles de la economía. Los perjudicados: obreros en el círculo de los bajos salarios y malas condiciones de trabajo, algunos industriales que no podían hacer frente a la dura competencia externa, los dueños de minas y los agricultores, que vendían sus productos a bajos precios o que sufrían el abaratamiento globalizador. Todos ellos desconfiaban, protestaban. La crisis económica general, que tomó cuerpo definitivo en el 29, dio con la ruptura del primer paso globalizador, estaba claro que a la economía no se la podía dejar hacer, que los gobiernos se veían en la necesidad de intervenir.

Varias fueron entonces las alternativas al liberalismo económico, masajeadas tal vez por las violencias de la Gran Guerra, del ambiente de preguerra y de la Segunda Guerra Mundial: la autarquía fascista, el modelo centralizado de la planificación socialista, el Estado del Bienestar de la Democracia social.
Las dos primeras, economías de carácter estrictamente nacional, demostrarían su inviabilidad a largo plazo por más que sus éxitos iniciales sirvieran de modelo a muchos. Otra cosa sería la alternativa que hallaron las democracias, reactivadas esta vez por los partidos de izquierda y con vocación obrera. El liberalismo se dejaba reconducir por una política monetaria que evitaba la caída de precios y una política fiscal diseñada para mantener la actividad económica. Se corregía, así, los efectos más perniciosos del capitalismo. Es el momento del deslumbrante brillo de la teoría keynesiana: el endeudamiento del Estado es fundamental si se desea reactivar la economía; esta es la forma más eficiente de estimular al capital para crear puestos de empleo y riqueza.
Gracias pues a la socialdemocracia, podemos decir, la globalización no perdería del todo su horizonte. Estas democracias progresistas estaban dispuestas, y preparadas, para cooperar y mantener el comercio internacional. De hecho, el fin de la Segunda Guerra Mundial traerá los acuerdos de Bretton Woods, momento en que, a decir de Frieden, Estados Unidos, el dólar, se convierte en el director de la orquestación económica del mundo.

Por su parte, este periodo de estabilidad e internacionalización, al margen comunismo, posibilitaría el surgimiento de nuevas políticas económicas en los países subdesarrollados, las famosas ISI, políticas de Industrialización sustitutiva de importaciones, especialmente en Latinoamérica. Con base en medidas proteccionistas sobre una industria volcada al mercado interior. Medidas que, en un principio, posibilitaron el desarrollo de las urbes y el surgimiento de una clase media potente, consumidora de bienes manufacturados. Pero que a la larga acabaría por demostrar su insuficiencia endogámica.
Frente a la ISI, que se extendió infructuosamente por Asia y África, algunos países asiáticos optaron por industrializarse con el objeto de exportar sus productos, precisamente, a los países más industrializados; esto las hizo más competitivas, si bien en muchos casos a costa del obrero.

A partir de los años 70, Bretton Woods estaba roto. EEUU no podía soportar con su moneda el tirón de la competencia y la nueva dinámica de la economía mundial. Se entraba en un nuevo periodo de crisis: recesión económica, carestía del petróleo y “estanflación”. El gobierno de Carter subió los tipos de interés con objeto de beneficiar a la comunidad financiera. Se sacrificaba así la producción industrial, los ingresos familiares y aumentaba el desempleo. El resto de países capitalistas imitaban estas medidas, en tanto el Tercer Mundo veía cómo se disparaba su deuda, y las ISI entraban en contradicciones insolubles por falta de capital y caída de sus exportaciones. Poco después, el Comunismo colapsaba.
Sin embargo, el fortalecimiento financiero abría posibilidades a una nueva época de neoliberalismo, este es el origen de nuestra herencia, y la génesis de nuestro problema.

El neoliberalismo. El problema hoy.
Sobretodo, porque el nuevo liberalismo nos ha vuelto a la conciencia de un mundo dividido, de una brecha abierta entre desarrollo y subdesarrollo que persiste al margen de toda proyección ética, como un insulto a la inconmovible base de los derechos humanos. Porque tal vez uno de los aldabonazos a esta conciencia haya sido la irrupción de las economías emergentes que, de repente, se muestran competidoras implacables de aquellos que dominaron el proceso del llamado capitalismo global.
Y más, pese a las vinculaciones de la política económica en diversos regionalismos cooperativos (UE, Mercosur, ALCAN), las nuevas tecnologías y la rapidez de inversión hacen incompetente cualquier forma de control por parte de los Estados. En efecto, ante el poder de inversión de los que se han denominado “especuladores”, incentivados por la velocidad que adquieren sus decisiones, las correcciones de los Estados poco tienen que hacer. Los Estados se han quedado, o se están quedando al margen de la globalización, y grandes economías pueden tambalearse por decisiones especuladoras.
Las gigantescas empresas, con intereses en diversos Estados, se escurren de las manos del control político estatal y dinamizan según antojos y beneficios.
El capitalismo global, en el que estamos embarcados, como señala Frieden, está frecuentado por turbulencias, el capital igual fluye que desaparece, la competencia está al orden del día, lo que para unos es defensa de la diversidad (antiglobalizadores) se traduce para otros en persistencia del subdesarrollo; en fin, es la nuestra una época problemática, época heredera de contradicciones. ¿Será posible la “gobernación”, esto es, la creación de instituciones que permitan el control del mercado global y mundial? ¿No han de ser éstas con el firme objetivo de rendir cuentas, es decir, que justifiquen, beneficien y representen a todos los estados del mundo?
De aquí parece derivarse la tesis del profesor Frieden, ni es posible el capitalismo global dejado a su poder, ni es posible el regreso a una política económica de carácter nacional. Si esa gobernación y esa rendición de cuentas llegase a cuajar a nivel universal, sí podríamos hablar entonces de una nueva época del capital, de una etapa histórica alejada ya del capitalismo fiero con que se iniciara el siglo XX.

Ahora bien, deberíamos tener en cuenta diversas pautas con el fin de saber qué es lo que realmente hemos heredado. Saber por ejemplo que no puede obviarse que la caída del comunismo en los años 90, dio alas al viejo capitalismo neoliberal que poco a poco parece imponerse, pese a las ideas de “refundación del viejo capitalismo” con las que tanto se alardea hoy en día. Es como si al caer el soberbio muro hubiese renacido una vieja época dorada que justifica que solo la economía de empresa, mercado y finanzas, es la economía viable, la economía de la libertad. Vergüenza debería sentirse cuando tan alto porcentaje de semejantes pasa hambre.
Deberíamos aceptar que la socialdemocracia ha sido clave a la hora de mantener el proceso de globalización, que ha sido uno de sus puntos de apoyo y de proyección, motivación persistente de la globalización y apertura al neoconservadurismo de los 90. Y mal puede llamar la atención sobre los intereses del bienestar de la población quien es ya incapaz de ejercer un control sobre la economía. Las vicisitudes económicas de la socialdemocracia terminaron en la crisis de los 70, la inversión en gasto social no siempre vale en un economía de mercado y global. Tarde o temprano hay que beneficiar a la comunidad financiera. La “teoría de la imposibilidad” de Mundell es bien reveladora a este respecto; de la movilidad de capital, del cambio estable de moneda, de la independencia monetaria, de estos tres factores esenciales, el Estado solo podrá regular dos, hay uno que siempre se le escapará, el Estado es pues un elemento más en el control económico, y no el esencial.
Además, esta situación global de la búsqueda del beneficio, vive de una, tan extraña, como densa conspiración, y es que la velocidad y tamaño del sistema financiero que da posibilidades al mercado internacional es al tiempo la primera y más evidente causa de su desestabilización.

Entonces habremos de preguntarnos ¿es la tesis de Frieden una doble tesis, un estar en dos sitios a la vez? ¿O por el contrario debemos decir que son los atisbos de una nueva época en la economía, de una economía global para un mundo global? Y otra cuestión más … ¿realmente el capitalismo ha sido vencedor, nada hay más allá del capitalismo? ¿No será la ciencia económica, la teoría económica y la historia de la economía una justificación del capitalismo?

SÉNDER: ironía e Historia.

Una novela para hoy.


El narrador es la certera expresión de la ironía. Quiero decir que es la misma ironía rediviva, o que hay en él una radical pretensión de ironizar. Carolus Rex es una hermosa sustancia irónica, un gran ejemplo de ironía latente, y patente. Una magnífica novela.
Primero. Toda ella, la novela digo, es ironía, sutil burla de la decadencia del españolísimo imperio, de las mentecateces encarnadas en su augusta casa real, aristocracia y alto clero, de su más que ganada a pulso crisis y extinción. Se presentan así los hechos como acontecieron en realidad, pero por lo bajo huele el tufillo de burla reprensible. Aquellos acontecimientos no son sino para reír, si no fuera porque están presentes los momentos excelsos de la españolidad; entonces dan grima, porque esta novela chorrea hasta el presente más actual, chorrea por la venas de la historia y llega hasta lo que somos y a cómo nos vemos. Un rey estúpido, compulsivo, conscientemente obsesivo que, no obstante, el lector experimenta a veces ser el más lúcido, el más inteligente, el más cuerdo de cuantos personajes lo envuelven: la reina madre, el valido, el nuncio de Su Santidad, altas jerarquías eclesiásticas y tanto noblecillo badulaque y pretencioso que pulula por las páginas, por no descontar la histriónica camarera mayor.
Apenas se salvan María Luisa de Orleans, la reina, que encarna el fresco vitalismo no carente de ingenuidad; el hermano del rey, el bastardo, a quien no le queda más que morir fracasadas sus ansias de poder; Calderón de la Barca, por viejo, por literato, por distante, por posible admiración del camuflado narrador. El enano don Guillén que espanta “los Pepos”, esos fantasmas de la Guinea, que acechan en cualquier rincón de palacio. Y los extranjeros, personajes que entre tanto estridente, bien pueden pasar por normales.
Segundo. Porque hay hechos que son de pura comicidad, señalada sin embargo la seriedad de su momento. La momia de San Isidro en el lecho del agonizante Felipe IV, por cuya repulsiva presencia, Carlos no dio el beso de despedida a su padre. La pretensión del rey de yacer con su “vellocinita” y “gabachita” en le cripta del Escorial, para purgar ese supuesto maleficio que le impedía engendrar. El exorcismo de Carolus, en el que la estupidez general contrasta con los momentos de lucidez del exorcizado; retrato de la imbecilidad subyacente a toda una corte de personajes cortos, y la cortedad de un rey que ganaría fama de imbécil.
Tercero. Porque los recursos de la trama son empleados con soltura y sorpresa para crearle espacio al humor. Van y vienen de improviso, acechan, se barruntan, se les desea, envueltos en un halo de incomprensión y sinsentido. Ejemplos como la constancia del catalejo que, en sus manos el rey pliega y despliega, acercando lo deseado (Maria Luisa) y alejando lo odiado (a su madre); el pudridero de la cripta del Escorial con el que desasosiega a la reina; la “fiera afeminada” en que considera el rey su naturaleza; el hecho de si el rey “cría o no cría”, piojos se entiende, lo que le sirve el sobrenombre de “rey piojoso”; el trasunto de la virginidad de la reina; el destierro de los hombres que por ayudar a la reina en la caída de un caballo, vieron sus partes pudendas y el obsesivo recuerdo que queda de ello en la mente del rey; la insaciable enemiga contra el embajador francés; el hecho de que Luís XIV sea rey bailarín, vencedor en el lecho y en las batallas. Es incluso la misma ironía la que mata a don Juan de Austria, el príncipe bastardo, hijo de la Calderona.
Cuarto. Porque el uso del lenguaje es magistral. Veamos el caso de algunas inocentes muestras:


“Pidió el rey al delegado apostólico que convocara los espíritus de los gloriosos tataradeudos para asistirle en la fecundación de la princesa de Orleáns, que él por su parte invocaría una vez más a los profetas más celebrados en materia de fecundidad”.

“Al llegar la marquesa el enano negro don Guillén, que andaba por allí, acercó su tercer taburete, olió el aire y dijo:
-Está bien.
-¿Qué es lo que está bien?
-Que no hay Pepos …”

O este otro:
- (…) los terranovas tienen dientes y son leales a su señor, pero no hay que usarlos ¿oyes?
Soltó a reír él mismo de su ocurrencia y mirando a la duquesa de reojo le dijo aún:
- ¿Tiene chispa, eh?
Ella no se reía nunca. La gente había olvidado la última vez que vio reír a la duquesa de Terranova.

En fin, porque en Ramón J. Sender se deja ver la risa y el amargor a partes iguales. La risa por la España que fue. El amargor por la España que no pudo ser; y esta, la que no puede ser, es la España repetida por la historia, es, parece, la sustancia de España, la sustancia que aún respiramos.




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