SUNSET PARK de Paul Auster

Es Sunset Park la última novela de Auster. Bueno, la última hasta el momento. La última y, se nos antoja, la de siempre. El ciclo cósmico austeriano revierte, vuelve con contadas excepciones bajo la pasta.

Aires de juventud, aires de crítica, aires de los aires de la gran manzana; aires si cabe de mayor desencanto, más amargos. La vena combativa, se le ha caído a Auster en esta historia de Heller y otros tantos Heller que vagan por las calles de América. Hay como una flojedad, como un no poder cambiar las cosas. ¿Será este el nuevo atisbo del siempre prometido nuevo Auster? Claro que si nos cambian a Auster ...


SUNSET PARK.


El narrador.


Valga un fragmento: No, no le encontraba sentido alguno. El muchacho ya estaba enteramente confuso para entonces, pero le daba pánico reconocerlo ante su padre, que hacía esfuerzos por tratarlo como a un adulto, y aquel día no se sentía a la altura, el mundo de los adultos era insondable para él en aquel momento de su vida y se mostraba incapaz … [Miles Heller, 4]. O este otro: A él no le importaba que no le hubiera gustado el concierto de la Mob Rule al que asistió … ni tampoco le preocupaba excesivamente el hecho de que a él sus cuadros y dibujos le parecieran sosos … Lo que contaba era que parecía disfrutar oyéndole hablar y que nunca le decía que no cuando la llamaba. Algo en él reaccionaba a la sensación de soledad que parecía envolverla, le conmovía su callada bondad y la vulnerabilidad que había en sus ojos, y sin embargo, cuanto más se afianzaba su amistad, menos sabía qué pensar de ella. Ellen no era una mujer carente de atractivo…[Bing Nathan]. No es del todo una estrecha connivencia del narrador con el personaje, su personaje; sea Miles Heller o sea Bing Nathan. No, hay además una cierta participación congénere, una especie de empatía extraña en la que las psicologías del narrador y del personaje se aúnan y se corresponsabilizan. Y no solo. La personalidad del narrador campa a sus anchas con su tono irónico y distante, campa como un juez por los espíritus de los personajes, por sus más íntimos entresijos. Y así puede narrar toda esa amalgama de sentires de Miles Heller hacia su padre diciendo que “el muchacho” estaba confuso, ¡el muchacho!, cuando en realidad lo que estamos siguiendo es el discurso sentimental y profundo del propio Miles. O llegados a esa familiaridad con la que el narrador toma los asuntos de sus personajes para exponerlos -no los asuntos, mejor los sentimientos, sus sensaciones- no acabamos de discernir qué pertenece a él, la tercera persona, y qué pertenece a Bing Nathan por ejemplo. Si dice que algo en él (en Bing Nathan, en cuyos pensamientos deambulamos) reaccionaba a la sensación de soledad que parecía envolver a Ellen … ¿se nos describe la realidad? ¿Se nos refiere cómo son las cosas? ¿O por contra se nos dice cómo las siente Nathan? ¿O el que las siente es el autor, el narrador? La narración es la narración de una tercera persona connivente. Un conocedor no de los hechos que actúa como el dios creador de la novela; sino aún peor, un conocedor de las emociones, un narrador que expresa el trasfondo de ironía que le embarca en la observación de sus personajes. Y lo que ocurre en realidad, es que el lector sigue a un tiempo dos psicologías, la irónica y empática del narrador, la balbuciente y ahíta de dudas y miedos de los personajes, esos personajes que todos somos y de los cuales, aquí mejor que nunca, se nos enseña que debemos de reírnos. Tal vez, el narrador connivente es una de las más excelentes creaciones de Paul Auster en Sunset Park. Los personajes.

Ese lector que todos somos, enfrentado a la doble cara de su realidad, va a conocer un mundo al través de sucesivos personajes. Los capítulos de la novela no son tales y tienen nombre propio porque son las personalidades las que nos guían. Ellas están concatenadas, unidas, sus mundos se solapan, rozan, friccionan y confunden. Miles Heller, Bing Nathan, Alice Bergstrom, Ellen Brice, Morris Heller … Se extienden por la realidad y la presentan. La presentan distorsionada, incompleta, partidista. Nos encontramos ante un juego de “perspectivismo” por parte del autor, de manera que nosotros, lectores, nos vamos haciendo una idea de la realidad que envuelve a los personajes, y si bien pretendemos hacernos con una idea precisa de esta, más objetiva, más real, tenemos la terrible sospecha, acaso por la presencia del narrador connivente, de que la nuestra no es más objetiva, ni es más real que la que viven los personajes, que a lo sumo es otra, otra más, otra perspectiva. La realidad es inasible. Debemos conformarnos con ella, tal cual. Esa es, tal vez, la angustia que sopesa y pesa entre los personajes de Sunset Park. La realidad es como la vieja casa ocupada del barrio de Nueva York, frente al cementerio. Es el lugar simbólico de la realidad inaprehensible. Lo que mueve a los personajes es que difícilmente lograrán establecerse en ella, la realidad, definitivamente. No obstante la historia avanza concatenando pensamientos, concatenando reflexiones. Vamos viajando dentro de los personajes, zaheridos por los comentarios del narrador. Y así vamos pasando por las vidas de todos. Y descubrimos que Miles es una sensación o un amasijo de sentimientos en la vida de Bing. Que Bing lo es en la de Ellen, y esta en la de Alice y Alice en la de Miles, y Bing en la de Morris y Morris en la de Miles. Y las perspectivas fugan y se rompen, y no se sostienen y enlazan con otros personajes secundarios y aun terciarios. Por eso tiene que terminar la novela con el personaje con que inició, el personaje que labra su purgación espiritual, Miles, quien representa el drama merced al cual realizamos nuestra introspección en nuestra propia realidad.


El personaje prototípico. (Tópicos I).


Dentro de la literatura austeriana, no podía ser menos, Miles Heller es un personaje prototípico, o el típico personaje. Vamos, que se halla muy en la línea de lo que hemos llamado los tópicos de Auster. Miles Heller, en efecto es un tópico. Joven, universitario que ha iniciado estudios de literatura. Joven desarraigado, de drama interno. Joven que viaja, que busca en el viaje la resurrección personal. Buen lector, muy buen lector. Lector que reflexiona sobre la teoría literaria y aplica la realidad que se vive a las ficciones leídas o viceversa. A Miles Heller le gusta el beisbol, le gusta mucho, es un teórico de sus entresijos. En lo hondo, guarda un drama que no comparte. El drama que le hace nómada, incomprendido, distinto. Y este drama es uno de los clímax de la novela. Su resurrección se pone en manos de una mujer; ahora una jovencita hispana que aún no ha cumplido la mayoría de edad. Entorno hostil, opaco, refractario: mundo adulto, sociedad, economía, política, Estados Unidos, Bush. En fin, Auster, el mismo, el de siempre.


Temas prototípicos y la historia de América. (Tópicos II).


El beisbol. La novela es una manifestación paralela del drama vital; los jugadores de beisbol son como los personajes, seres sufrientes de realidad, ejemplaridad rediviva (son los personajes de cuarta categoría). Auster viaja por la historia social del beisbol, por las biografías de sus jugadores, trayendo su anecdotario a las páginas del libro. El beisbol es una intermitencia paradigmática y persistente. Una fruición de Miles y Morris Heller, Paul Auster y el lector a partes iguales. ¡Lástima que gran parte de este sentimiento escape al lector español! Podría haberse hecho una traducción transgresora vertiendo al fútbol lo que era beisbol. Claro que ya no sería Auster.

La literatura. Los libros. Títulos y autores. Ficción y realidad sobre la literatura se mezclan y se agitan, se convierten. Supura la literatura. Tiene Auster mucho de crítico, y más que de crítico, de teórico literario. Pues bien, no puede, no consigue quedarse al margen de sus reflexiones sobre la literatura creada y sobre la creación literaria. Así es Auster, un incontinente que se ve obligado a usar a sus personajes en el beneficio de su extroversión crítico-teórica. Nueva York. No podía ser de otra manera. Un repasito a la ciudad. A sus rincones escondidos y coquetos, que son los rinconcitos del incontinente Auster. ¡La geografía austeriana!

Y faltaba más, la historia de América. ¿Cómo eludir la responsabilidad de viajar por la historia americana? La historia de sus gentes, de su democracia. Sus lugares y las psicologías a ellos apegadas. La guerra del Vietnam, las guerras mundiales en las que se vio embarcado Estados Unidos. La película Los mejores años de nuestra vida, de Wilder, campa a sus anchas por la novela. Aparece y reaparece: en forma de tesis doctoral, en comparativas continuas con la realidad, en forma de reflexiones de los personajes, en forma de crítica y teoría del cine. Así es como utiliza el narrador el personaje de Alice Bergstrom. Los mejores años de nuestra vida es un inciso en la apreciación del american way of life; acaso un homenaje a generaciones pasadas. Pero en el trasfondo está Irak, la intervención americana en el Oriente Medio; los dramas de la actualidad austeriana, que es el drama de América, con la sombra exorcizada de Bush y el republicanismo militante en el horizonte.


Crisis. Bancos y víctimas. Otras críticas: Bush, Irak o China…


Todo se inicia con fotografías de cosas abandonadas en las casas de desahuciados. La historia empieza siempre por lo cotidiano. Gentes que han huido a toda prisa, avergonzadas y que seguro, nos dice el narrador, viven ahora en casas mucho peores que las que han dejado. Nuestros jóvenes protagonistas, en este ambiente, ocupan una vieja vivienda abandonada en la zona de Brooklyn llamada Sunset Park, frente al cementerio de Green-Wood. La rehabilitan y allí esperan pacientes a que los funcionarios judiciales, los del Ayuntamiento o la policía, les conminen al abandono. Las gentes dejan sus hogares, si, y en la huida dejan sus cosas que es como dejar parte de su biografía. A los jóvenes les pasará algo parecido. Sus varias biografías, a un tiempo, es esta novela. A estas varias biografías, está claro, les ha tocado vivir una crisis. Una crisis que es la misma para todos y que sirve de trasfondo y contexto a la novela. Aunque la crisis no es solo económica y social, es una crisis existencial y es una crisis de valores. ¿No es una crisis de la democracia americana? Algo de esto late también en el sentido que toma la novela en la acción irónica y tullida del narrador. Heller Books, la editorial de papá Morris, está a pique. Eso es una crisis existencial, una crisis de valores, la crisis que lleva a América al abismo; porque está claro que si no se lee, difícilmente Auster venderá libros. Si, la cultura, la superestructura paga los platos de la mala política. Esto es lo terrible: la libertad se aqueja, porque, entre otras cosas, si quiebran las editoriales independientes, es que quiebra la libertad. Y entonces podría pasar lo que pasa en China, lo que ocurre con Liu Xiaobo, lo que ocurre con los Derechos Humanos allá. Un trasunto que flota y reflota de continuo en nuestra novela. Una historia que seguimos interesados y de la que mamamos injusticia. Auster se nos hace político. ¿Retrata la sociedad? ¿Recrea la sociedad? ¿Exagera la sociedad? ¿Critica la sociedad? ¿Amenaza a la sociedad? ¿Deforma la sociedad? Es decir, la sociedad que le ha tocado vivir. De ahí la firme resolución por la que ha de compaginar, mezclar, ficción y realidad. Personajes reales y personajes del imaginario prototípico. Pero esto no es nada extraordinario en Auster. Es, en efecto prototípico.


Clímax en el puzle.


Con todo, la obra de Paul Auster no es un aquietado mar de crisis. No es el triste fenómeno exógeno por el cual se navega, mejor o peor, en estos nuestros días. Hay rupturas narrativas, clímax diría, en este extraordinario puzle biográfico. Profundidades insondables que atañen a lo humano, paisajes abisales por donde transcurre la finitud, lo espiritual, lo existenciario. Estos clímax llevan en la novela la marca de la muerte. No podía ser menos. Miles empujó a su hermanastro de forma fatídica en una carretera de las Berkshires. Bobby muere. Esta acción siembra el dolor y el desconcierto entre los seres allegados. Miles ya no será el que era o el que iba a ser, y el resultado de esa muerte es esta novela. Por su parte, Suki, preciosa y hermosa joven de 23 años, hija de Martin Rothstein, escritor, se suicida en Nochebuena en Venecia. Aunque venga por los pelos, su historia está ahí. Y Ellen Brice, embarazada, decide abortar. No será la misma después de aquel terrible acto. Nadie es ya el mismo después del clímax.


¿Tampoco Paul Auster es el mismo? ¿O es que aún estamos en el climax?

LOS CAMINOS DE LA NEUROCIENCIA Y DE LA LIBERTAD





Apostillas a los experimentos de Benjamin Libet.

El nº 356 de Revista de Occidente, correspondiente al mes de Enero, guarda una serie de interesantes artículos bajo el epígrafe de “Libertad y cerebro”. Ya sabemos, a estas alturas que fisiología, neurobiología, son las proyecciones de la ciencia que exploran los laberintos del cerebro, y al tiempo, acosan los tradicionales caminos de la ética, la noología y gnoseología, del sentido común y de las acendradas ideas de otros tiempos. Parece que con la neurociencia hubiese regresado con todo su ardor combativo el materialismo. Ya que siendo el cerebro materia, y siendo esta materia de entresijos complicados la responsable de nuestro comportamiento y actos, no es de extrañar que los actos y el comportamiento se tomen como iniciativas de la materia. Claro que, ¿supone esto aceptar, así sin más, la tiranía indiscriminada de las partículas, de las mónadas vitales? Desde luego que difícilmente lograremos suponer una fuente de energía exógena al cerebro que se responsabilice de su funcionamiento. Pero tampoco debemos caer en la trampa de suponer que la física de partículas es lo último y primero. No extraña, no, por lo tanto, que el monográfico de la revista se titulase “Libertad y cerebro”, ni extraña que en todos o casi todos los artículos que lo componen se encuentre alguna interesante referencia a los experimentos de Benjamin Libet.
Atención, porque nuestra supuesta libertad se halla en cuestión, ahora, precisamente ahora, cuando parecía más incuestionable que nunca.

El experimento de Benjamin Libet.

Usted sitúese frente a un reloj, a ser posible provisto de segundero. En cualquier momento –pero conserve en su memoria qué momento, es decir, la posición del segundero- usted debe de mover un dedo. Antes de moverlo, no faltaba más, Usted habrá decidido moverlo. Para usted la decisión es previa al acto de mover su dedo. Bien, pues esta es para Libet la impresión subjetiva de la acción, pero no es la verdad.
Extraños cables le tenían conectado al maquinucho del Señor Libet, a fin de compaginar su impresión subjetiva con otras objetivas, vamos, de observación científica. Y así, la máquina ha detectado la actividad eléctrica implicada en el movimiento de su dedo. Otra ha cartografiado el readiness potential de la corteza cerebral previo al movimiento voluntario.
En fin. Su percepción subjetiva es la que es. Pero el señor Libet le dirá lo siguiente: en efecto, el deseo de mover su dedo precede al movimiento en unas décimas de segundo. Pero su readiness potential le precede en cinco. Esto es, precede a su deseo. Esta extraña y previa fuerza, auténtica instigadora, y no usted en el ejercicio de su libertad estricta, es la causa del movimiento del dedo. Ya, uno se queda aplanado.
El propio Libet usó su experimento para demostrar la incompatibilidad de lo que llamamos libertad con el funcionamiento del cerebro. Al margen de la naturaleza de los maquinuchos utilizados, al margen de la interpretación, método y planteamiento del experimento, lo cierto es que Libet ha despertado enconadas posiciones un tanto periclitas a propósito del problema del libre albedrío. Hasta el propio Libet ha tenido tiempo para corregirse. Los artículos que componen este monográfico de Revista de Occidente, desde luego, tampoco han podido escapar, como gran parte de la neurociencia actual, al ensayo de Libet, son, en el fondo, plurales respuestas a su experimento.



El emérito de Fisiología Don Francisco J. Rubia, en el artículo que titula “El controvertido tema de la libertad”, señala que tales experimentos son poco determinantes, pero sí que han abierto un amplio campo de polémica; entre deterministas y no deterministas; incompatibilistas y compatibilistas. Estos últimos son los más acertadamente críticos con la tesis de Libet; Wegner, por caso, la resume con cierto laconismo: las causas de una acción y la sensación subjetiva de voluntad libre no coinciden en el tiempo, simplemente.
Desde luego, lo que sí queda claro, a decir del autor, es que los fenómenos exógenos a la propia actividad cerebral se alejan de los presupuestos científicos, Ya sea el alma, ya sea el tan usado “Yo”, triste homúnculo viviente en el cerebro. Es tesis descartada ya por la neurociencia. La libertad, faltaba más, sería otra de las quimeras.
Sin embargo, es curiosa la afirmación del profesor Rubia cuando señala que el experimento de Libet demuestra cómo el yo consciente antedata la impresión subjetiva convirtiéndola en causa de la actividad cerebral. Aunque no sea así, la impresión (me refiero a la falsa sensación subjetiva de iniciativa) es primada, como si el cerebro quisiese responsabilizar a algo así como el individuo, o el sujeto. Evidentemente la voluntad queda muy mal parada. Queda malparada la libertad y queda malparado nuestro dominio de la inteligencia, o los conceptos “persona”, “moral” o simplemente “delito”. Los pilares de nuestro mundo se conmueven y tambalean. ¿Responsabilizaremos a la materia de nuestros actos? Bueno, esta pregunta está hecha desde el extremo marginal de los acontecimientos, y a mala uva.

José Manuel Delgado García no parece prestar una especial atención a estos experimentos “libetianos”. No por nada, sino porque la propia estructura de la materia, su continuada renovación hace imprevisible el funcionamiento del cerebro. Es decir, ¿a qué materia vamos a responsabilizar si estamos, está en continua mudanza? Es precisamente el cerebro el que aporta la continuidad necesaria para la función motora, intelectual, sentimental del individuo, del sujeto, esto es, beneficia la subjetividad. Algo hace del cerebro una unidad Delgado García adelanta que bien podría tratarse de la actividad neuronal rítmica de los centros talámicos, por el que se agrupan y armonizan en breve tiempo todas las acciones o trabajos sectoriales del cerebro, dicho así, burdamente, como si se pasase un rápido escáner.
Si elegimos, dice el autor, es porque tenemos deseos contrapuestos. Llegados aquí, no es extraño que el autor cite al filósofo Zubiri y a su inteligencia sentiente: no elegimos desde la absoluta libertad, desde luego, sino desde cierta sentiscencia por la que estamos en el mundo y somos parte del mundo.
A fin de cuentas, el cerebro es igual al comportamiento –dice-. Gloriosa y resumida ecuación, y en efecto, habrá de serlo si consideramos que después de todo escribir un poema es un ejercicio del sistema neuromuscular. No puede, no debe haber una voluntad al margen y por encima de la materia, es obvio … pero ¿es este el problema de la libertad?

A lo mejor es que el cerebro en ese su ir haciéndose, va haciendo nuestra libertad, esto es “su” libertad. Terrible esto, porque tal vez en el ir haciéndose participan pues más cosas que la materia bruta y brutalmente física. Juan Vicente Sánchez Andrés, pone su atención en la teoría de los circuitos sinápticos, heredera de la doctrina de Cajal. Presta así su atención al mecanismo transmisor y receptor de los circuitos cerebrales, eludiendo el dique con el que se estrella la neurociencia, incapaz ya de abarcar una explicación del funcionamiento del cerebro desde sus componentes físicos elementales. La genética, la experiencia del –digamos- individuo, son ahora fundamentales a la hora de explicitar la actividad cerebral, y en consecuencia la capacidad de elegir.
Claro, enuncia también a Zubiri, porque el hombre se proyecta en diversas dimensiones, sea la social, la histórica por caso, inevitables, insoslayables, partes de su sustantividad, y sobre las que fundamenta su conducta. Menciona también a Goleman o Damasio, ya que el mundo emocional también cuenta, ¡y cómo cuenta! Los parámetros de la actividad cerebral se disparan, y si bien se puede esperar una determinación de la conducta, la predicción es poco menos que imposible. Es como si el ser humano hubiese labrado sus caminos de actuación a base de ahondar en esa red de circuitos sinápticos, como si en ellos pudiese residir ya su libertad o no.
No es extraño que Sánchez Andrés parta de la idea de cómo el propio Libet corrigió la lectura de sus primeros experimentos, pensando que el sujeto podría inhibir o vetar la ejecución de una acción de los circuitos cerebrales.

No sé si a esto lo llamaremos libertad o simplemente a priori de la moral, vamos, moralidad. Por eso, el catedrático de Psiquiatría Demetrio Barcia señala que el problema de la libertad, debiera abordarse desde fundamentos antropológicos. Parece que el “sentido moral” es algo innato en el hombre, como ya avanzara F.J. Gall, siempre en relación a la vida en manada. La neurofisiología apenas puede explicar la realidad humana, su comportamiento. Hay un elemento insoslayable, esa persistencia del sujeto, ese acontecer de la responsabilidad.
Que exista una conexión entre responsabilidad y función-estructura cerebral es indiscutible, muestra de ello son las distintas “amputaciones conductuales” producidas por lesiones en los lóbulos temporo-límbicos, lóbulos centrales y estructuras centroencefálicas. Pero la lesión, insiste Barcia apoyándose en las tesis de Jackson, Luria o Goldberg, implica un síntoma que no es una disfunción, sino una organización cerebral o vital en un nivel distinto o inferior.
Si en efecto, son los lóbulos frontales los encargados de recopilar la información de las restantes estructuras y de coordinarlas, habremos de suponer que existe una ejecutividad, un cerebro ejecutivo que es algo muy parecido a nuestra subjetividad. He ahí el origen de la responsabilidad.

Es posible que nuestro conocimiento sobre el cerebro haya avanzado muchísimo. Mas sigue siendo una incógnita. Seguimos sin conocer los microelementos que apoyan su funcionamiento y lo hacen posible. Vamos de bruces al concepto de materia que no es mas que un argumento metafísico, precisamente del que la neurociencia pretende huir. Pero así es, y nuestro cerebro se regenera en tanto persiste la impresión del yo, de la subjetividad, en tanto digo que estos recuerdos y deseos son los míos y en tanto decido con ellos y sobre ellos, o eso creo. Si nuestro cerebro actúa como un escáner unitario, si los circuitos sinápticos y las conexiones van labrando nuestra personalidad, si en algún sitio ha de residir la responsabilidad, habremos de concluir o bien que la subjetividad es necesaria o beneficiosa, que es inevitable, aunque sea falso, o bien que no existe otra posibilidad de organizarnos en la realidad, que es esta nuestra naturaleza, y si cambia, que habrá sido y que el cerebro nos adapta a nuevas situaciones, nos recrea. Si esto es Kant, pues bien venido. El hombre, o su cerebro, es demasiado, demasiado incluso para la ciencia más ambiciosa: intelige, pero también “siente”. Es individual, pero tiene una dimensión social, una dimensión histórica. Abarca la experiencia, y es filético. Sabida la herencia material, el carácter material del cerebro, la antropología es una salida airosa, pero no más allá de una explicación posible amparada en la observación y el contraste. La libertad siempre estará sometida a la presión de la determinación … ¿qué sería si no entonces? Baste decir que no hay dos cerebros iguales.

LA CASA VACÍA DE TEO SERNA.



LA CASA VACÍA de Teo Serna, nuevo poemario del escritor y artista manzanareño. Publicado en la editorial Alfonsípolis de Cuenca. Fue presentado en Manzanares el Miércoles pasado, día 18 de Febrero, por el también poeta manzanareño Cristóbal López de la Manzanara. Con videos de Jesús López Mozos y la voz lectora de Tomás Fernández Arroyo.





SOBRE LA CASA VACÍA.

La casa llena. El lugar.

La casa no está vacía, no. Está llena. Tiene una verja oxidada que la separa del mundo, del camino, del atardecer incluso. Tiene un sendero lleno de hojas. Un jardín con rosales. Una puerta que pese a estar cerrada se deja abrir. Un salón. Polvo, como todas las casas viejas. Una copa. Un jarrón con una flor seca también de porcelana. Un reloj. Una fotografía. Un espejo en la sala. Una vela. La carta desangrada de tinta azul. La ceniza en la chimenea. Una moneda oxidada. Un pequeño piano. El armario cerrado de los secretos. El gramófono. El diván … ¡Tantas cosas!
Y sin embargo, en el óxido de la verja se esconde una verdad, y en el sendero, las hojas son jeroglíficos viejos, muertos signos. Los rosales son rosales de otro tiempo. La puerta que se deja abrir guarda un aliento de antes. El salón huele “a alga seca, a paseo de carcoma, a plegaria de reloj”. En la copa quedó el recuerdo del agua, el residuo. La flor seca es fósil. En el reloj solo late la noche. Un quién vaga en la fotografía, un quién que no es sino resultado ocre del olvido. El espejo de la sala está muerto y la vela consumida. En la carta, recuerdo, deseo, instante, signos en el tiempo. La ceniza dejó fuego muerto. La moneda oxidada no tiene ni cara ni cruz. En el piano juega a ser Chopin un escarabajo en su soledad. El armario calla sus secretos “con la insistencia propia de la muerte”. El gramófono detenido es un impotente laberinto. En el diván queda la voz sin boca y la palabra ausente.
Las cosas de que la casa está llena son vaciedad. Remiten a otro tiempo, a otro lugar. La casa vacía es casi una heterotopía, una alteridad casi radical. Porque la plenitud de ellas no es de este tiempo, es decir, del tiempo que vive el poeta que es un melancólico atardecer de paseo. Las cosas, con ser, están sin embargo más allá, son lejanía. Y si bien las cosas y el poeta parecen compartir el espacio, en realidad el poeta se halla envuelto en un espacio otro, en un lugar otro. La alteridad obliga a pasado. Y las cosas así se convierten en huella de lo que fueron en realidad cuando el tiempo fue el suyo y el espacio fue el que fue. Son cosas-huella, cosas en negativo de las que el poeta no puede impregnarse; o mejor, puede impregnarse pero solo de ausencia. Y por eso, la casa plena está vacía.

Un Injerto: La experiencia de Rachel Whiteread: House.
Hogar victoriano, 193 Grove Road. Hogar impenetrable. Densa masa de hormigón que invierte el espacio: lo de dentro a fuera, como si fuese un relieve, un friso. Una barrera inhabitable. Antes que el espacio, sin duda es el lugar. Es esa una casa imposible, es una casa inhabitable. Sí, casa de otro tiempo, casa alterada radicalmente.
La de Teo Serna es, como la de Rachel Whiteread, saltadas las obvias diferencias que van de la poesía a la escultura, la misma experiencia. Solo que la de la escultura sí que es una experiencia espacial, puramente espacial, y más que espacial, local. El tiempo se queda a vista, desnudado en sus vísceras.
Teo Serna, el poeta, nuestro trascendental y a priori poeta, siente en esa espacialidad, que no hay espacio, sino lugar –o eso a mí me parece- y la pesadez del tiempo, por lo tanto, es la de un tiempo que no es breve; no se trata aquí de la fugitiva naturaleza del tiempo, sino de su enfermiza persistencia, una persistencia devaluada, decaída, parásita. Esa persistencia hace como el hormigón macizo de la escultura de Whiteread: ¡es impenetrable!

La casa vacía. El tiempo.

Todo remite a un pasado pletórico, que fue. ¿Que fue o que el poeta imagina que fue? Esto es a resultas del carácter curioso, peculiar y caprichoso de la huella.

Queda en el diván la huella de un cuerpo,
el negativo, el aire de un cuerpo
[XXVII]

Porque este poemario es ante todo un ejercicio de semiótica, de interpretación de huellas, un traer a la mente la plenitud supuesta de las cosas. Y ese traer es un embarcarse en el tiempo. La poesía pues, nace desde el tiempo. No, no se trata de la memoria. La memoria es un almacén de experiencias que acaso reinterpretamos. No, a lo sumo, la poesía es un viaje en el tiempo, en el que el viajero poeta es impulsado por el viento de los recuerdos y arriba al continente extraño, al continente otro; y esto es ya otra cosa.

Todo, entonces, es huella de lo otro. El óxido de la verja es “una cicatriz lenta del tiempo” [I], y esa es la verdad que esconde, la verdad: que todo se oxida. Y es la verdad -reveladora y brutal- de que parte el poeta cuando decide adentrarse en los ámbitos extraños de la vieja casa. “Mis dedos se manchan de ocre y de niebla” [I]; la mancha de óxido en sus manos es la marca iniciática de la ceniza, de las sombras, del polvo, de la huella, del continente por descubrir. Esa verja abre, en efecto, a un cúmulo de cosas oxidadas, a esa verdad abre. No hay constancia precisa de que las cosas hayan muerto, de que no sean, solo es que pasan a ser menos gloriosas, menos dignas de la funcionalidad para la cual nacieron. Pero esa vejez que permanece, esa disfuncionalidad, esa falta de presente es lo que les da poso poético, les da “fantasma”, les da “ultravida”; en fin, les da la posibilidad de la vida poética que es la más digna de las vidas.
Lo que ha hecho Teo con las cosas es lo que hizo Duchamp con su “Fuente”, algo muy similar: cambiarles el lugar, el lugar físico, la casa llena, por el lugar poético: La casa vacía.
Por eso, todas las cosas remiten a un pasado, ellas son testigos de aquel, cuando allí se vivía realmente: la experiencia poética, al final, siempre remite a la vida, aunque sea la otra. ¡Terrible paradoja!, la de la casa vacía.

La intersección espaciotemporal: hic et nunc.
Demostrativos, el adverbio aquí, otros deícticos. Porque todo este viaje es un ir señalando las cosas que fueron y son.
Sí el amor habitó, habitó aquí/ (… )/Y durmió con ella aquí [XXXIII].
Alguien comió aquí, pensaba que el verano incendiaba el campo [XXX].
El tiempo era circular aquí: rozaba la esfera de porcelana [XXVIII].
Mientras, esta luz susurra otras tardes [XX].
Toco la ceniza fría: aquí estuvo en fuego [XV].
Alguien escribió esta carta [XIV].
La luz consumió esta vela, su espacio vertical [XIII].
¿Quién sonrió en esta fotografía? [XI]. Y de esta vamos impulsados por el viento del recuerdo hacia la casa llena, al aquella: ¿A quién amó, a quién besó aquella tarde?
La noche late en este reloj con desesperanza/de planeta muerto [X].
Y nos dice que aquí hubo unas manos, una pureza/ y una mirada [IX].

Y los indefinidos, los interrogativos, los pronombres, borran, difuminan aún más la huella del pasado; lo enajenan, lo despersonalizan y, curioso, lo dramatizan. Porque la despersonalización del presente es el drama del pasado. Y es este sin duda el gran drama.

Sea [VIII]:
En esta copa queda el recuerdo del agua hecho círculo.
De esta copa huyó el agua evaporada
(…)
Aquí quedó el residuo, la cal, el alma,
(…)
Aquí queda, epicéntrica, la promesa de la sed
en la redoma blanca de este hueco
que añora el labio
(…)
El drama en la añoranza de labio. Un labio singular otrora vivo y sediento. Ahora hueco, residuo y alma del que ha huido la vida, el agua. Y todo, todo lo que ya no es, está aquí, aquí. Recuerdo, evaporación, residuo, promesa, hueco, añoranza… todo formas negativas, categorías de no presencia, de incompletud. Es lo cuanto hay aquí y ahora.
Y entonces, el poeta, el yo “experiencial”, se torna intermediario, bisagra de dos mundos paralelos, distantes, apenas conexos. El mundo del fue y el mundo del aquí y ahora. No hay poema más revelador acaso que [XLVI]:

Si rozo una cosa, mi mano estremece
otra mano en alguna parte:
(…)
Si rozo una cosa (un mantel, por ejemplo,
o una cuchara, o el óxido extremo
de una pluma)
otra mano reclama mi calor en la distancia evaporada
que resume a los muertos.
Queda la huella de mi mano
junto a esta huella desgajada de otra mano,
esperando, como un pájaro aterido,
la posible mano que vendrá a rozar
lo que he rozado.
El poeta es el mudo testigo del hilvanado del mundo. Un mundo de espejos reduplicados, casi infinitos, redivivos por el último calor que los acaricia. ¿O son mundos, mundos distintos además de distantes? Por eso, aunque no quisiéramos, aparece la muerte; porque el mundo frío que roza con su piel el poeta, es metáfora y símil del poeta frío que alguna vez será rozado por la mano cálida que venga.
No es extraño, pues, que el poeta se “experiencie” a sí mismo como un ser-no ser en el doblez de la luna rota de un armario, “hombre que mira y animal callado” [XXXV]. Que se propague por los mundos al escribir sobre el polvo, huella, que es letra impresa en la huella: “soy como Cristo/escribiendo en la arena olvidada del tiempo” [XLIV]. El poeta está, en el trance poético, a medio camino entre la casa llena y la casa vacía: ¡Extrema metáfora, después de todo, de lo que es este libro! Y toda creación artística: un medio camino entre la realidad y lo realizado.
Y de ahí, la importancia de silencios, de espacios vacíos, de huellas, sombras … Son los huecos, las bocas por donde entran los poetas, las almas sensibles; por donde el presente entra en el pasado.

Partes.

Grosso modo, pueden distinguirse distintas partes en el poemario. Pudieran ser aleatorias, pero inciden sobre distintas metodologías, esto es, distintas relaciones de las cosas entre sí y del poeta con las cosas. Son las fases por las que ha de pasar todo viaje iniciático. Y digo metodologías porque el poeta hace ciencia, ciencia de lo ausente. No está demás; la ciencia sólo puede hacerse desde lo ausente.
Hay una física de las cosas, en los poemas que van de I a XXVIII. Se trata de una ontología, de ir a la cosa singular como metáfora de tiempo, paso, olvido, decadencia, recuerdo. Luego ciertas acciones (especialmente desde XVII, cuando “el banquete del silencio está servido”) irrumpen en las cosas, sobre las cosas. El momento culminante de este proceso es en XXVIII y sucesivos: fuerzas, potencias actúan sobre las cosas, vienen de lejos, de fuera y ejercen sobre ellas, las cosas, poderosas causas: el mar, el sol, el tiempo, alguien. Y desde XXXI, se evidencia algo que también se nos había adelantado: todo se torna experiencia del poeta; es ya una distancia científica la que media entre las cosas y él, una distancia que la sensibilidad y la poesía habrán de salvar. Irrumpe pues el yo, y Teo es ya capaz de, incluso, dialogar con aquel mundo, el otro, el alter con toda la familiaridad que da el arribaje.

Una teoría de la Ciencia.
Ni lo gótico, ni la memoria. Porque ni hay presencia real y física fuera de la intuición y de la sensibilidad del poeta. Porque nada hay en la mente del poeta que sea experiencia vivida. ¿De qué se trata pues? A lo sumo, de una estética trascendental, de una fría e ilustrada teoría de la experiencia. La estética trascendental kantiana que proclama la imposibilidad de vivir la experiencia más allá del espacio y del tiempo, los a priori de nuestra sensibilidad. Lo que viene después no son sino ejercicios del entendimiento, terribles exposiciones de sus categorías, entre ellas, la de causa, todo cuanto aquí llena, proclama su causa, una causa que retrae al vacío, que lleva a lo que fue; todo remonta y todo vuelve, y cuanto hay aquí, en su naturaleza periclita y gastada, es un allí que ya no es. “Quiero caminar hacia el silencio” -dice en [I]-. La poesía, pues, es como mucho, un ejercicio de experimentación poética. Una predisposición al newtonismo ficticio, un galileísmo de la palabra, un descubrir las causas, las leyes, pero causas y leyes del sentir pasado, del vivir pasado, del sentir de otros en el pasado, del vivir de otros en el pasado. Triste sino, porque “¡Hay tanto misterio en esta caída!” [L], es decir, en la caída del tiempo. A lo sumo, el poeta es médium. Medio transmisor entre lo que hubo, lo que allí hubo, y el lector. En esta actitud de intermediario, es normal que el lenguaje sea mínimo y la sintaxis, despojada …

La sintaxis del despojamiento.
Hay un lenguaje mínimo. Alguna vez dijo Teo Serna que su labor era la de despojar, desprender, purificar. En fin, ir a la esencia. Por eso puede decirse que el lenguaje es mínimo, un minimalismo, que no mínima comunicación. Es claro el lenguaje, es preciso; alejado de toda oscuridad y retorcimiento, brama a veces con la claridad expresiva de los enunciados científicos. Otras, los verbos, retorcimientos de actividad en el lenguaje, son suprimidos, para que las cosas floten en su sustancia: “La puerta cerrada”; “La flor seca en el jarrón de porcelana …” Y cuando aparecen, son rotundos, sin salvedad ni medias caras, francos, directos en la expresión de su acción: “Alguien escribió esta carta”; “Subo despacio la escalera” … exteriorizando su carácter personal, su carácter temporal, su referencia. Reiteraciones y repeticiones, anáforas con pretensión de claridad. Comas. Puntos: precisión. Algún hipérbaton es apenas un niño juguetón, no más, las descolocaciones son colocaciones del interés del poeta, premisas de su sensación, preferencias.
Corolarios de la claridad, a veces, los últimos versos cierran como moraleja; como conclusión circuncidada; es así en X, o en XXIII.


El capricho de los astros.
Y así como empezó todo, todo termina, si bien el poeta, en su experiencia, ya no volverá a ser el mismo. Atrás queda la casa vacía, ahora realmente vacía: “Sé que ya no están las manos que las usaron, /que los ojos que las vieron son ya ojos de la tierra/ (…)/ Sé que ya las voces son latidos mudos/ (…)” Pero abierta, terriblemente abierta a la esperanza de esos mundos hilvanados: “Sé que están aquí. Nada se pierde” [XLIX]. Y el poeta vuelve sabio, con la reveladora verdad de la termodinámica bajo su brazo. Tras de él, capricho del tiempo que nos llena de experiencia y recuerdos, se cierra de nuevo la puerta, se vuelve al sendero de las hojas secas, “la verja gira y dibuja un estertor en el silencio”. Y así, al cerrar aquella verja oxidada, se guarda la casa vacía en la caída última de la tarde. Muere la luz, las sombras se expanden. Se cierra el ciclo con el poeta de regreso y con una experiencia que no es tal en el bolsillo. [L]