DEL VERBO LA OSCURIDAD. O el regreso de la Metafísica a la Poesía







La BAM publica Del verbo, la oscuridad, libro fronterizo y curioso. Las mil quimeras da a la luz el inicio del ensayo que el crítico Vetusto Colorión Plata presentará sobre este libro de Manuel Gallego Arroyo en un reconocido medio. Desde aquí agradecemos su buena voluntad y amable disposición.



RAZÓN DE OSCURIDAD: NOTAS SOBRE DEL VERBO, LA OSCURIDAD.

Que un libro de poesía glose la metafísica, a lo mejor pone al lector en una tesitura harto compleja por dislocada, por demasiado intelectual. Es duro, sí, preguntar por la sustancia de que están hechas las palabras, y por lo tanto la poesía misma. Si bien la propuesta de este libro puede resultar en demasía filosófica (las problemáticas del verbo, del poetizar, de la revelación) son asunto corriente en la lírica de nuestros grandes. Traigamos el caso de la actividad poética de Bécquer, acaso antípoda de estilo y de pretensiones respecto de este Del verbo, la oscuridad, quien en una de sus rimas, la primera, confiesa:

Yo sé un himno gigante y extraño
Que anuncia en la noche del alma una aurora
Y estas páginas son de ese himno
Cadencias que el aire dilata en las sombras.

Yo quisiera escribirle, del hombre
Domando el rebelde, mezquino idioma
Con palabras que fuesen a un tiempo
Suspiros y risas, colores y notas …

Pero en vano es luchar; que no hay cifra
Capaz de encerrarle, y apenas ¡oh hermosa!
Si teniendo en mis manos las tuyas
Pudiera, al oído, cantártelo a solas.

Y es que, a pesar de las diferencias, Del verbo, la oscuridad, está en lo sustancial de acuerdo con cuanto Bécquer señala aquí. En efecto, al poeta no se le escapa que hay cierta inefabilidad de la palabra y en la palabra, en su poesía, porque ambas, poesía y palabra llegan al sentir de manera deficiente. Ni pueden expresar, ni justificar ese sentimiento, motor que mueve la lírica. El poeta es un domador de palabras, del idioma, con ellas quisiera traer lo que verdaderamente importa, el suspiro y la risa. Aunque también el color y la nota, que es la sentiscencia puramente estética, el gozo plenario y consciente de la formalidad poética. No resulta extraño entonces que sean el amor y el tacto la única posibilidad de comunicar, de transmitir, de con-cordar o acordar los corazones. En el amor y en el tacto es donde cobra verdadero sentido la lírica, el sentir sentido o el sentido del sentir, más si cabe que en la palabra, a no ser que en algún momento justificásemos la palabra como tacto, cosa que aún está por hacer.
            No otra cosa es buscar en el verbo su sombra, la oscuridad, no sé si su origen o su raíz. En la búsqueda comunicar ese amor, ese tacto de algo cuya naturaleza consiste en ser refractaria a la claridad, a la luz con la que sin embargo se ha identificado. Comunicar, concordar con aquello que está más allá de la propia palabra, más allá de la propia poesía, es tratar de hollar espacios poco hollados o imposibles, con la herramienta de la palabra y de la poesía. Esta es la curiosa paradoja de Del verbo la oscuridad, posiblemente el engreimiento de la labor del poeta, ser exánime de todos los tiempos.
Aquí tenemos, otra vez, el asunto que nos devuelve a la metafísica. Bécquer, es víctima del recurso, víctima en cierto modo de la palabra y de la poesía, de su trascendencia, esto es, de la metafísica del verbo, de la poética y de la mística que le son inherentes. (Recordemos que Del verbo, la oscuridad se estructura a partir de tres bloques: Metafísica, Poética, Mística). Bécquer es atrapado por las metáforas de la sombra y de la oscuridad. El poeta sabe que el suyo es un himno que anuncia en la noche la aurora, el despertar de la verdad plenaria, y por lo mismo canta en la noche y desde la noche. Es su himno, la poesía (la lírica o el espíritu poético que domeña el cosmos), la que anuncia la aurora, como si el sentimiento fuese ya la verdad, o el fuego que reside en el pecho fuese ya la lírica. Y los poemas que fluyen no otra cosa que el sonido del espíritu poético del mundo, cadencias que en el aire reverberan como sombras entreveradas de luz, manifestaciones de esa verdad lumínica e hímnica. En medio de ese universo, el hombre, el poeta, su palabra y la mujer a quien confesarla.

            ¿Cómo no va a iniciarse el alma, tocada de la brasa del amor, en una noche oscura?

En una noche escura
con ansias de amores inflamada
O dichosa ventura
Salí sin ser notada
Estando ya mi casa sosegada

Ascuras y seguraa escuras y en celada … va el alma, que es alma lírica, buscando. Porque la oscuridad de la noche no es sólo ansia de luz que obliga a ocultarse, es regazo, es cobijo, es seguridad. Por lo mismo la noche se hace dichosa. Sobran los mediodías serenos y sobran luces, sólo una, la lumbre erótica que arde y quema, el fuego virginal del deseo de Amado, que es el fuego del amado o el rescoldo de su luz que pide reavivarse, es la llama de amor viva que nos guía, que nos lleva allende y que nos hace marineros en la búsqueda, metáfora esta recurrente en Del verbo, la oscuridad y que San Juan estima por encima de todo. Ingenuamente lo han llamado la vía negativa, sólo porque el Santo lo apuntó. Pero es un gozo, un gozo estético.

En la noche dichosa
en secreto que nadie me veýa
ni yo mirava cosa
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

            La poesía es hontanar que nace de la noche. La noche impele, la noche mueve. ¿Y la noche? La noche es la noche oscura del alma. No un vacío. No un mundo mundano sin más del que convendría desasirse, como dicen que hace la vía negativa. ¿Quién se arrancaría la carne con la que sentir? Es la noche del alma en que sólo puede darse la comunión más excelsa, el recostarse al fin en el pecho del amado. (Lo que veremos en nuestro libro en la Tercera Parte, la de la Mística). Es la noche de la lírica. ¿Tan tremendo es, pues, preguntar por esta noche tremenda, refractaria, otra? Y preguntar es darle verbo. ¡Paradoja!

No es que al buscarse y defender los derechos poéticos de la oscuridad del verbo, se descrea de esta metáfora lumínica, se descrea del alba, del fuego, de la luz y la claridad. No, pero es por eso que se cae sin remedio sobre los asuntos de la metafísica, pretendiendo hacer de ellos trasunto lírico, porque en el fondo, y por su nacimiento, el verbo es oscuro, es sombra y esa es su sustancia. Es que no hay claridad, ni la palabra debería aspirar a ella, la luz. Por lo pronto, más parecería una impostación falsaria de algo que pretende ser inefable, y que a lo mejor es inefable porque no es, ni es claro, sino plural, rico, confuso, diverso, proteico en fin, sombra.
Se ha vinculado la palabra, como logos, al saber y la visión clara. El nous del que nos hablaron los griegos se asimiló a la luz, es cierto. La trampa y el juego nos los tendieron Parménides y Platón, y el logos, tomado como el sentido latente de las cosas, pasó a ser la palabra, portadora del secreto, esto es, de ése mismo sentido latente. La palabra por lo mismo es el nous o su revelación, y pone en las cosas el orden que acaso les falta en la realidad que ofrecen los sentidos.
Y ocurre que los fragmentos que se consideran auténticos de Parménides, dedicados a la physis, están escritos en hexámetros homéricos y pretenden ser verdad, verdad poética aunque verdad. Una de las primeras vinculaciones que conocemos por lo tanto, si no es la primera, de luz y saber, está escrita poéticamente:

… cuando con prisa me condujeron
las doncellas Helíades, tras abandonar la morada de la Noche,
hacia la luz, quitándose de la cabeza los velos con las manos.
Allí están las puertas de los senderos de la Noche y del Día
Pues bien, te diré, escucha con atención mi palabra,
Cuáles son los únicos caminos de investigación que se puede pensar;
Uno: que es y que no es posible no ser
[Lo que] puede pensarse es lo mismo que aquello por lo cual existe el pensamiento

Pero aquí no todo termina …

Y ahora aprende las opiniones de los mortales
Escuchando el engañoso orden de mis palabras.
Según sus pareceres han impuesto nombres a dos formas (el etéreo fuego de la llama/noche oscura).
Todo está lleno de luz y noche oscura,
Ambas iguales, ya que nada hay aparte de ninguna de las dos

Parménides nos legó un drama, el drama del saber-comprender occidental. La encrucijada entre el saber y la opinión de los mortales. Obligados a reconocer que sólo puede ser y que no puede no ser. Pretendió así poner luz en nuestra oscuridad o en nuestras noches. Renunció al tacto sólo porque el camino del ser es un abandonar la morada de la Noche. Apenas la noche da ya gusto y gozo, apenas es regazo, nos es refractaria.
Las hijas del sol conducen al poeta allende, a las puertas de la diosa Diké quien revelará la verdad; del mismo modo como las doncellas se desprenden de los velos con sus manos y se muestran, así las cosas, que dejan de ser tales para convertirse en verdad. Masticó Heidegger aquí la contundente posmodernidad, el regreso de la metafísica, el desvelamiento como alétheia y el  acontecimiento, y es que el no-ser no puede decirse. Esta es la otra, la otra gran afirmación de Parménides. No es posible decir la noche. ¿Y si la noche no puede decirse, es por ello que recurrimos a la poesía, a la mística? ¿Cómo no iba a defender por encima de todas las cosas Heidegger la poesía?
De seguir el camino trazado por las doncellas Helíades habríamos de concluir que la poesía, hija de la palabra y la palabra misma, es el orden, la puesta en orden del fatuo y hasta libidinoso sentir del pecho poético, pero no, no, con ella aún queda el recurso, la posibilidad de decir lo que no se puede decir: del verbo, la oscuridad, pues habremos de aceptar compungidos que si la noche no puede decirse, tampoco podrá decirse la luz.

CRISTINA IGLESIAS. Variaciones sobre Pozos.




EMPOZARSE EN LA ESCULTURA.

            Vayamos más allá de la escultura. Prosigamos, adelante, su viaje iniciático más allá del siglo XX. Transmutemos en cierto modo, invirtamos. Desescultorizar la escultura y no perder el sentido de su lírica emoción. La cosa, el ente, la nota tangible de la materia; pero al tiempo su reconversión, su transubstanciación. No perder la esencia escultural que es la contundente presencia ante el espectador, y la capacidad de disolverse sin embargo. No se trata ahora de hacer un lindo panegírico de estética albertiana, ni de defender, por encima de todo, el volumen sobre la representación bidimensional de la pintura, asunto que salpicó gran parte de la historia de occidente, desde el siglo XVI hasta el XVIII. ¡Esa dichosa manía del clasicismo! Pero hablar de la obra de Cristina Iglesias es hablar grosso modo -y no tan a grosso modo- de la connatural problemática del hacer escultura. Es que la escultura, tal vez junto con la danza, es la representación menos representativa de las artes, y en tanto las demás artes luchan en cierto modo contra la representación para mantenerse vivas, la escultura ha de luchar contra ella misma para vivir  y sobrevivirse. No sigamos por aquí, sería continuar la senda del vértigo, de la teoría estética hecha desde la nonada … así que desviemos el camino.
Mejor conformémonos con llevar la escultura un tanto más allá. Quien conoce la obra de Cristina Iglesias (1956), Premio nacional de artes plásticas, reconoce qué quiere decirse con eso de que se mueven sus trabajos entre la forma escultórica y la funcionalidad arquitectónica, y que ahí, precisamente en esa dicotomía, radica su ir más allá. Hay algo más grave en ella si cabe, y es que la escultura se torna entorno. No es que haya un especial interés en generar interiores, no, no creo que sea este el sentido de la –digamos- “muralidad arquitectónica” de su obra, eso que ya pudo estar muy, muy de moda en la España de los 70. Lo que hay es un especial interés en delimitar exteriores, en poner diques a la realidad, diques estéticos.
Pero cuidado con estos diques, porque no son ellos lo distintivo de esta obra. Los diques, celosías, planchas de relieves, los espacios generados, cuanto hacen, no es segmentar, sino homologar una nueva lectura de la realidad, del espacio en el que se aposentan.
Serra lo sabe y lo supo, pese a la desmetáfora que el Museo Guggenheim ha supuesto en la lectura de su obra The matter o time. Y por eso, al hablar de la escultura de Cristina Iglesias es inevitable referirnos también a Richard Serra. Porque dentro de las diferencias, no son pocas las concomitancias, y dentro de estas, sutiles las diferencias, tan sutiles que obligan a otra visión del mundo, es decir, a otra lectura del espacio. Las de Cristina sí son esculturas que merecen el encierro, el encierro museístico, porque viven ya el desapego de la herencia del Land Art, y pese a que juegan con esta sensibilidad en muchas ocasiones, han perdido ya la prerrogativa del paisaje. Pero dejemos ahora este asunto de no poca enjundia.

SERRA: Serpiente. Museo Guggenheim Bilbao//IGLESIAS: Brújula del Mediodía. Vitoria. Parlamento vasco.

Como bien señala el crítico Javier Maderuelo, hay en Cristina Iglesias una voluntad de hallar la “cualidad poética del habitar que situamos por encima del mero acto de vivir. Sus esculturas son cavidades que cubren y cobijan, que acogen poéticamente al espectador …”
No sé si convendría decir que tal vez nos hallamos ante la idea de morada como ser, la morada como estar, el habitáculo como delimitación parcial de la existencia, como constatación de su posibilidad o como existencia misma. Algo así como el ethos del espacio, como su irreversible puesta en conciencia, su habitud incluso. La donostiarra pone nombre al espacio, le da un ser, lo hace singular, lo personaliza en la envoltura, que es a un tiempo la de nuestra propia existencia, que se ve obligada a dialogar con él.
Esta constatación envolvente es sin duda una atribución poética, pero para que esta poesía ocupe lugar, requiere no solo de la conformación espacial, del establecimiento de diques y fronteras, requiere también de la decoración, requiere de la forma caprichosa, de la representatividad, de la referencia, de la singularidad extasiante que es el relieve, el relieve convertido en el cierre de la manifestación de la metáfora. Y es que, prosigue en su afirmación el crítico,  estas delimitaciones poéticas tienen una “cualidad metafórica”. Sí, persisten en una metáfora que se constituye, según Maderuelo, a partir de elementos diversos que conviven en afán de mestizaje y mixtura. [MADERUELO, Javier: “Espacio, imágenes y escritura en la escultura de Cristina Iglesias” en Arte y parte. Nº 103, pp. 6-23]. A decir del autor, estas singularidades configuran signos, escrituras, jeroglifos que invitan más que a la lectura –diremos- a la des-encriptación por parte del espectador, un descifrar que es no lógico, sino mas bien sentiente.

Es evidente que en una filosofía del espacio tal, la mirada se dirige hacia la periferia. Se mueve por esta; es la causa de que el espectador tenga que orbitar, y leer. Esto siempre ha ocurrido en escultura, no lo olvidemos, si bien ahora la mirada se expande, se torna recorrido, evita la concentración. Si estimamos que la escultura, al menos la escultura tradicional es concentración del mirar, a pesar del espectador satélite, sí diremos que las esculturas de Cristina invitan a mirar entorno, pero en el límite, pues el entorno ha sido limitado … ¿o no? Tal vez no del todo, porque a veces invitan a mirar a lo hondo, y es, precisamente en lo hondo en donde su escultura vive más de la ruptura, es más visceralmente antiescultórica. Veamos sino el caso de esas Variaciones sobre Pozos.

Espectador ante Pozo, Variación V. de IGLESIAS//BILL VIOLA: Emergencia. Video.

El espectador mira hacia el fondo, ve perderse el agua, borbotear en la superficie de la amenazante sima, y perderse el líquido luego por el sumidero. Qué extraña sensación si comparamos estos pozos con las imágenes de la emergencia líquida, de los pálidos y fríos cuerpos que emanan en los videos de Bill Viola. Quizás nos hallamos en las antípodas de su expresión estética, formal, al tiempo que en una sustancial coincidencia a nivel semántico, de contenido. En efecto, emerge del sarcófago lo que está oculto, se sumerge el agua hacia lo oculto. ¡Lo oculto!
Esta es la condición del nuevo arte, ese ocultismo, que rompe con la ahíta formalidad y postmformalidad de las vanguardias y de la posmodernidad, un avance hacia el sentimiento, hacia la sensibilidad radicada en el cuerpo.

Pozo. Variación V

Como en los diques envolventes, los pozos incorporan también la textura que exalta su materialidad. En efecto, las cualidades adquieren una singular configuración aquí, especie de relieve de huella del pasar erosivo, del sumirse el agua en lo hondo. Pozo no del renacer, sino del transcurrir y del morir, del ocultarse.
El mestizaje no obstante está presente, porque el pozo es forma. Al exterior un cubo, cubo mínimo que guarda el sumidero. Dentro, sobre él, una sima, un ojo de oscuridad que invita a escudriñar y a perseguir el fondo inaprensible e intocable, a pesar de su valor háptico. Rugosidad, conformación, petrificación, fosilización de elementos vegetales en la pasta escultórica o en el bronce. Representación fósil, casi de tirbas, que ocupan los espacios como la decoración vegetal ocupaba los espacios de la pureza estructural del gótico.
Nos hallamos pues ante elementos iconográficos, curioso, en el sumidero, en el pozo, en el desarrollo del viaje emprendido por el agua en el momento de perderse, en su correr hacia la nada; representación en fin de la erosión y del movimiento y de la huella que el movimiento puede dejar en el bronce, por caso, en la vegetación que es su débito.
Sí, algo de la técnica del bajorrelieve queda aquí, no hay duda. Pero es un bajorrelieve decorativo, singular, arquitectónico más que escultural. De ahí nuestra referencia al gótico, a la decoración de frisos y capiteles que ahora se vuelven configuraciones murales.
            Esta es la gran diferencia con la escultura monumental de Richard Serra. En efecto, las grandes y trabajadas planchas de acero corten, no se substraen al gozo de las texturas, la superficie rugosa e irregular del acero, ni evita los juegos monocromos de los óxidos, como elementos decorativos. No obstante se sostienen estos sobre un soporte mínimo, mínimo aunque inmenso, casi diría tendente al sublime, que es casi exclusivamente formal. Tamaña diferencia con nuestra escultora se aminora cuando comprendemos la nominalización que del espacio hacen ambos creadores. Establecen la morada. Diseñan incluso las sensaciones del espectador que subyugado se obliga a recorrer, no ya con la vista –más en Cristina- sino con el cuerpo, ese espacio. En el caso de Cristina invitando a tocar, a configurar en una relación táctil con el entorno que, acaso, hace a su escultura más humana. De ahí, tal vez la importancia de la luz, la incidencia de estas en las formas decorativas. Una luz que en sus pozos es, precisamente, privación de luz. Privación de recorrido. Separación fraudulenta del espectador, precisa marcha hacia lo oscuro, no sé si hacia la raíz, pues raíces conforman el pozo. Cristina Iglesias, en las Variaciones sobre Pozos se torna más antiescultórica, somete a tensión extrema la escultura, la sume en depresión y nos deja nada más un incierto relieve petrificado que es su simple huella decorativa.


MIRADAS CRUZADAS 4. Freud. Watteau.


FREUD Y WATTEAU. La turbación y la aparente amenidad.

No hace falta decir que hay algo perturbador en las pinturas de Lucien Freud (1922-2011). Lo que nos turba, sí. Eso que turba en sus cuadros lo retrotraemos al autor, al artífice, señor Freud. Lo llevamos al sujeto representado (porque Freud ante todo pinta sujetos) o lo indagamos y sentimos en nosotros mismos, espectadores de su obra. Por lo primero, es evidente que Freud era un pintor peculiar, algo obseso con la carne, con lo carnal, con la hondura, la suya y la de los otros, esto es, de quienes pinta, pero también de aquellos que la apreciarán o despreciarán, nosotros los espectadores. Hallamos así en Lucian Freud cierta psicosis, cierta obsesión por la pintura como una manifestación interpersonal, intersubjetiva, como una acto de comunicación descarnado, casi impropio del pintor de la carne. Por lo segundo, es que llevamos lo perturbador al sujeto retratado, y damos así fe de esa voluntad selectiva que presidía su obra, pues al parecer siempre fue Freud quien elegía a sus retratados. Nos queda el consuelo de saber que Freud no decidía sobre quién habría de contemplar sus obras, sus pinturas, ni las condiciones en que tenía que hacerlo, por lo menos hasta cierto límite. Pero es evidente que a este espectador le resulta complicado sustraerse a su peculiar visión del mundo, de la individualidad, del sujeto retratado, de su manera de comunicar, de la forma en que procedía en pintura el realista inglés.


Algo de esto es lo que hay en Miradas Cruzadas 4. Algo o mucho, más bien demasiado, porque esta entrega, esta cuarta exposición, con la que se clausura el ciclo, es un girar entorno de la creación de Freud. Vademécum de estas vicisitudes es su Autorretrato Reflejo con dos niños (1965). Expresión precisa de lo inquietante, de la definitiva refracción al control que hay en toda realidad, de la comunicación del desasosiego, en fin, de la hondura, que al parecer, para ser tal, ha de ser siempre desasosegante.



Pero la excusa es presentar dos retratos realizados por Lucian Freud del Barón Thyssen, uno de principios de los 80, de la colección permanente,  y otro de finales de la década, también de la colección y conocido como Hombre en una silla. Homenaje pues de la institución a quien la hizo posible. Así que a Watteau (1648-1721), el alter de Lucian en esta entrega, le ha tocado el papel de consorte, de excusa; eso sí, aceptemos, de peculiar excusa consorte. Porque todo él, toda su proceder pictórico va a quedar enmarcado en un gesto o pose, en un personaje determinado, en una cita referida, en una insinuación apenas, esto es, en nada preciso, un Pierrot acaso.



En efecto, el primero de los retratos del barón tiene como fondo este cuadro de Watteau, Pierrot contento (1712), de la colección Thyssen. Freud estableció de esta manera el inextricable vínculo de su retratado con un objeto artístico de su colección. El primer plano (el coleccionista) con el fondo (el decadente cuadro). Lo lógico, lo que explota el texto que acompaña al manual de exposición, es considerar que existe una identificación entre Pierrot y el propio Barón Thyssen, vínculo que tal vez conocerían el pintor y el retratado, pero difusa e inquietante realidad para quien observa la obra hoy.
Ocurre que este supuesto parangón es lo que nos turba y lo que obliga a buscar paralelos, tangentes y otros posibles, a establecer diálogo y lucha entre la obra de uno y otro, entre el retratado y el objeto, entre el pintor y el retratado … fugas.
De otro lado, el texto de Paloma Alarcó, insinúa la imitación de la pose del segundo de los retratos del Barón Thyssen, con la pose y el gesto de Pierrot en el cuadro de Watteau. El exasperante por dinámico-quieto hombre sentado en la silla es asimilado así a la pacífica serenidad de Pierrot, el triste afrancesado de la Comedia del Arte, rodeado del galanteo necesario para dibujar el atisbo de sonrisa en su rostro.
Es curioso el afán perturbador de esta comparación. Porque no hay nada más distante que la bullente psicología no visible de los sujetos retratados por Freud y la natural y sosegada elegancia de las figuras representadas por el magnífico pintor rococó. Nada hay tan al margen de la carnalidad material de los retratados de Freud como las mal disimuladas carnes de los personajes de la corriente galante.
Algo incontrolable agita las conciencias, agita la carne, un mundo oculto que lucha por salir a flote, por romper en la realidad que aparece ordenada a los sentidos, racionalizada ante el observador. La serenidad y elegancia del pintor francés ha de contrastar por fuerza, porque Pierrot y aquellos que le acompañan parecen hablar del perdido edén, o bien del disimulado desenfreno de una sociedad terriblemente hipócrita que consigue disimular sus más descarnados vicios bajo la capa de la serenidad.




En su caso, es curioso que este hombre agitado, cuyas ropas parecen bailar en tanto él permanece prisionero en la silla, fuese el amante de ese otro cuadro, de esa sociedad abiertamente beatífica u ocultamente demoníaca. Pierrot es una paradoja que observa desde el fondo del retrato la contemporaneidad, ese tiempo que el abuelo de Lucian, el señor Sigmundo Freud, se dedicó a escarbar. En efecto, el inquietante realismo de la pintura de Freud, no está en la pintura, sino en el interior de los retratados. Véase sino El gran interior W11, también de principios de los 80, del que Miradas cruzadas 4 cuelga un dibujo preparatorio. El paralelo con la composición del Pierrot es aquí evidente, altisonante. Los retratados, sacados ahora de la madre naturaleza, posan en el estudio del pintor. Intuimos que es la turbación lo que busca quien retrata, y es lo que pretende comunicar al espectador. Watteau viene a ocupar el lugar de lo inquietantemente otro, de la alteridad, de lo que no comunica turbación y por lo mismo inquieta doblemente, porque en su apariencia no es sino mansa corriente y extraña amenidad. Sólo hay que respirar el locus amoenus en que los personajes se galantean, el lugar ameno que ya la contemporaneidad ha perdido.
Luego de intuido el paralelo, no queda sino corroborar que, en efecto, algo hay de perturbador en las pinturas de Watteau. Pero, ojo, sólo al amparo de un retrato del Señor Thyssen. Que conste.